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    No te guíes por las apariencias. Todos usamos máscaras.

    Averigua junto a Norah lo que le ocultaron sus tíos y elije de qué lado estás.
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    Un pasado incierto; una familia perdida.

    Desentierra el pasado junto a Lahja y enfréntate a las consecuencias.
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    El momento anunciado por la profecía se acerca.

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    En un mundo regido por la magia, el equilibrio lo es todo.

    Intenta mantener el equilibrio mágico, ¿elegirías lo mismo que Kendria?

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    Los fantasmas que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean.

    Ellos querían una nueva vida, pero los fantasmas están siempre ahí.
  • Cuentos del Castillo

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    Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.

    La historia es cíclica y atemporal, nadie sale del Castillo.
  • Hojas de cuentos

    Hojas_tapa




    Ella contaba con los dedos de los pies.

    En los cuentos está la variedad, elije el tuyo.

No ficción

Feliz fin de año y Feliz Año Nuevo


   Llegamos al último día del año y eso ya es algo para festejar. 😃 Así que no solo los saludo por el nuevo año que se avecina sino por haber logrado terminar otro año, ¡festejemos!
   Este post es un hermano menor del que acabo de publicar en mi blog de autora . Allí pueden ver un resumen de este año, aquí solo les quiero saludar y comentar la última noticia del año con respecto a mis libros.
 

Antifaces - tapa blanda

 
   Mi última novela, Antifaces, ya está disponible en tapa blanda. Todavía no me llegó el ejemplar que pedí, así que no puedo mostrar esa foto, pero les dejo la imagen de la tapa completa.  
 
Antifaces_tapa_completa
           
   ¿Qué opinan? ¿No es hermosa? 😁 Bueno, sí, mi opinión es un poco subjetiva. ¡Los animo a dejar la de ustedes! Y, como comenté en el otro blog, hay tiempo ya que en enero y febrero los blogs no van a seguir su calendario habitual, ¡es lo que me hace el calor, no me puedo concentrar! Pero también es momento de descansar, juntar fuerzas y planificar el resto del año.
   Me despido con un fuerte abrazo y un...
 ¡Feliz Año Nuevo!
 
 
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Las cifras de Hojas


Hojas_tapa
ISBN 978-987-02-3982-6
Editorial Dunken

Hojas de cuentos - Recopilatorio es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Recopilación de los primeros treinta cuentos publicados en el blog Hojas de cuentos.
   Cuentos breves, y cuentos dedicados a aquellos seres fantásticos imaginados por los hombres durante siglos... y más cuentos variados.

 
Hojas de cuentos - Recopilatorio

Las cifras de Hojas

  
   Hoy les comparto un pequeño infográfico con las cifras más relevantes, a mi entender, del libro de cuentos Hojas de cuentos.
 
Hojas_infográfico
   ¿Qué les parece? ¿Cuál es la que más les sorprenden? Si alguno se está preguntando porqué hay más personajes que cuentos es porque hay más de uno por cuento, pero no estoy segura de haber hecho bien las cuentas. ¿Me ayudan? Aquí tienen el listado de cuentos, algunos lo pueden leer en el blog.
   Otro dato que puede verse diferente es que en algún momento tuve otras recopilaciones de cuentos disponibles en ebook, pero ahora ya no están porque quiero darles mejor formato.
   ¿Qué les parecen estas cifras? ¿Hay algo más que les gustaría saber?
 

Ella contaba con los dedos de los pies. Twittea



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Bandos mágicos en Antifaces


Antifaces_tapa
ASIN B01LW7OPC8
Amazon Digital Services LLC

Antifaces es una novela de fantasía urbana.

   Norah creía que era una joven común, solo un poco aburrida con su vida. Sin embargo, la llevaba a cabo día tras día, y ponía su mejor cara. Hasta que un día es arrastrada a un mundo mágico y debe elegir un bando en una lucha que todavía no comprende.
   Sin tiempo para pensarlo, descubre sus habilidades y la historia que sus tíos le omitieron sobre sus padres. En una cruenta batalla debe tomar una decisión. Está sola, está desesperada, y no sabe en quién confiar. Aún así, deberá elegir un camino, ¿será el correcto?

 
La torre hundida

   Dentro de la novela Antifaces los grupos de gente mágica se divide en tres grupos según su actitud. ¿A cuál te parece que debería elegir Norah?
 

Los bandos mágicos en Antifaces

Los que aceptan
   A favor de los nuevos tiempos, no se olvidan de su magia ni del conflicto con los otros, pero quieren adaptarse al mundo que los rodea.
Los que luchan
   Orgullosos de su pasado y herencia, no pueden mantenerse fuera del conflicto ni tampoco ceder un ápice de terreno, hay que defender el fuerte como sea.
Neutrales
   No les interesa el conflicto, no están atados a nadie, solo quieren vivir en paz, ocultos entre los demás humanos.

   En el listado de personajes hay de los tres tipos, ¿te animas a adivinar a cuál pertenece cada uno?


No te guíes por las apariencias. Todos usamos máscaras. Twittea



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Las cifras de Kendria


Kendria_tapa
ISBN 978-987-1477-71-5
Editorial Arte & Parte (un sello de Artnovela)

La elección de Kendria es una novela fantástica destinada al público juvenil.

   En un mundo regido por la magia, donde distintas Órdenes tratan de mantener el deseado equilibrio, se acerca un momento crucial.
   La Cofradía, creada para unir las diferentes Órdenes, trata de mantener el control. Kendria, una adepta de la Cofradía, no sólo se ve envuelta en esta lucha sino que tendrá un papel decisivo en ella.

 
La eleccion de Kendria

Las cifras de Kendria

  
   Hoy les comparto un pequeño infográfico con las cifras más relevantes de la novela La elección de Kendria (bueno, está bien, las que me parecieron más relevantes a mí).
 
Kendria_infográfico

    ¿Qué les parece? ¿Cuál es la que más les sorprenden? Algunos me dijeron que para ser la primera novela que escribí, les llamó la atención la cantidad de palabras. Pueden leer algunas aquí.
   ¿Ustedes qué piensan? ¿Faltó algo interesante?


En un mundo regido por la magia, el equilibrio lo es todo. Twittea




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Antifaces - personajes


Antifaces_tapa
ASIN B01LW7OPC8
Amazon Digital Services LLC

Antifaces es una novela de fantasía urbana.

   Norah creía que era una joven común, solo un poco aburrida con su vida. Sin embargo, la llevaba a cabo día tras día, y ponía su mejor cara. Hasta que un día es arrastrada a un mundo mágico y debe elegir un bando en una lucha que todavía no comprende.
   Sin tiempo para pensarlo, descubre sus habilidades y la historia que sus tíos le omitieron sobre sus padres. En una cruenta batalla debe tomar una decisión. Está sola, está desesperada, y no sabe en quién confiar. Aún así, deberá elegir un camino, ¿será el correcto?

 
Antifaces

   Aquí les comparto un listado de los personajes que aparecen en la novela Antifaces. No quiero dar muchos detalles para no revelar la trama.
 

Personajes principales

Norah
Joven universitaria que es rápida para juzgar.
Clíona y Ciara
Hermanas gemelas, tan iguales como diferentes.
Clancy
Un joven extraño, amigo de las gemelas.

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Personajes secundarios

Nolan
Líder del grupo de Clíona.
Bran y Brigid
Tíos de Norah, ella vive en su casa.
Brendan
Joven misterioso que sigue a Norah.
Derina
Una chica alegre.
 
   ¿Quieren saber un poco más? Puede leer un pequeño extracto aquí o acceder a la vista previa en Amazon.


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Antifaces - No te guíes por las apariencias, todos usamos máscaras


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Antifaces es una novela de fantasía urbana.

   Norah creía que era una joven común, solo un poco aburrida con su vida. Sin embargo, la llevaba a cabo día tras día, y ponía su mejor cara. Hasta que un día es arrastrada a un mundo mágico y debe elegir un bando en una lucha que todavía no comprende.
   Sin tiempo para pensarlo, descubre sus habilidades y la historia que sus tíos le omitieron sobre sus padres. En una cruenta batalla debe tomar una decisión. Está sola, está desesperada, y no sabe en quién confiar. Aún así, deberá elegir un camino, ¿será el correcto?

 
La torre hundida

Capítulo I - Extracto

 
   Era temprano en la mañana, todavía faltaban diez minutos para que sonara el despertador, pero me cansé de esperarlo, así que lo apagué. Podía escuchar el ruido que hacía mi tía Brigid en la cocina. Me levanté con desgano y caminé descalza hasta el baño. Las baldosas estaban frías, aunque las mañanas ya no eran tan frescas. El invierno había comenzado su lento declive, si bien eso no se notaba en mi baño. Prendí la luz y me miré en el espejo.
   —Puaj —me acerqué a mi reflejo—, ¿qué es ese nido de ratas en mi cabeza?
   El agua estaba gélida, pero me hizo bien, por fin pude abrir los ojos y encontrar el cepillo que andaba buscando. Salí del baño veinte minutos después. El pelo no había mejorado mucho y todavía tenía frío; la buena noticia era que me sentía más despierta. Revolví entre la ropa que había sobre el escritorio y el montón que hacía equilibrio en la silla. Rescaté lo que estaba menos arrugado, me lo puse y me dirigí a la cocina.
   Era un cuarto bastante pequeño, en comparación con la casa, y estaba decorado con los colores más absurdos.[…]

Si quieres conocer opiniones, puedes leer esta reseña.

No te guíes por las apariencias. Todos usamos máscaras. Twittea
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Paula y Juan (precuela Fantasmas)


Fantasmas_tapa
ISBN 978-84-686-6400-2
Editorial Bubok

Fantasmas es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Una mudanza puede ser el comienzo de una nueva vida, en más sentidos de los que uno se imagina. Seis cuentos, tres hombres y tres mujeres narran su historia, una casa vieja y desocupada, ¿cuántos fantasmas? Solo los que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean.

 
Fantasmas

Otro cuento de Fantasmas


   ¿Quieren saber algo más del libro de cuentos Fantasmas sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la precuela. Se trata de un breve cuento ambientado un poco antes de los otros del libro. ¡A leer!
 

Paula y Juan

  
   Ramón estaba terminando de pintar la última pared del comedor cuando sonó el teléfono. Se detuvo, con los hombros tensos, sin darse la vuelta, y aguardó hasta que terminara de repiquetear antes de seguir pintando.
   Ya estaba avanzada la tarde y pronto comenzaría a anochecer. Aunque la puerta que daba al patio estaba abierta, él no había mirado ni una sola vez en esa dirección. La brisa apenas alcanzaba para aminorar el olor a pintura.
   Había estado trabajando sin descanso durante dos semanas. Un solo hombre para arreglar una casa que ocupaba casi toda una esquina. Tenía el rostro pálido, las mejillas enjutas y los ojos rojos, pero no dejó de pintar hasta que terminó con la pared.
   Entonces se sentó en el medio de la habitación vacía; los muebles estaban apilados en el patio, el patio al cual él no miraba.
   En ese momento volvió a sonar el teléfono. Ramón pegó un salto y, si bien vaciló, esa vez sí lo contestó. Puso el auricular junto a su oreja y esperó. Del otro lado de la línea se escucharon varios resuellos antes de que la persona se decidiera a hablar.
   —¿Estás seguro? —dijo por fin una voz de mujer.
   —Sí —susurró Ramón—, ya no puedo vivir más aquí, estoy cansado.
   —Esa casa será siempre tuya, y tú eres de ella; esas cosas no se abandonan como si nada.
   —Lo sé.
   Pasaron varias respiraciones antes de que la mujer inspirara con fuerza.
   —Tengo que preguntártelo una vez más. ¿Estás seguro?
   —Ya no estoy seguro de nada —murmuró Ramón y cortó.
   El teléfono no volvió a sonar.

***

   Una semana después, una pareja se mudaba a la casa. Eran jóvenes y sin hijos, tal vez esperaban poder formar una familia allí. Ramón los recibió, les mostró la casa y les ofreció cualquier ayuda que necesitaran con arreglos u otras cosas. Ellos se lo agradecieron y, casi al instante, le pidieron que regresara para la mudanza.
   —Hay muchos muebles ya —dijo ella mientras recorría el comedor—. No sé si entrarán todos los nuestros.
   El marido rio con ganas.
   —Claro que sí, esta casa es enorme. De todas maneras, si no te gustan, podemos sacar algunos.
   —Si puedo comentar algo —dijo Ramón con la mirada baja—, los muebles son casi tan viejos como la casa, tal vez podrían pensarlo un poco antes de deshacerse de ellos.
   El marido lo miró, pensativo, y luego se acercó al tocador junto al cual estaba su mujer.
   —Tiene razón —pasó un dedo por el mueble—, son antiguos. ¿Por qué no vemos primero cómo queda todo?
   Ella se miró en el espejo.
   —Bueno, no me molestaría quedarme con este —sonrió.
   —Mujeres —el marido le guiñó un ojo a Ramón.
   Éste asintió y siguió ayudando con el resto de los muebles.
   —Paula, tráele un vaso de agua al muchacho, está haciendo mucho calor hoy.
   —Claro —dijo ella y agitó las manos como si se las estuviera secando—, ¿qué clase de anfitriona soy? Ya traigo algo de beber.
   —Ven —le dijo él a Ramón a la vez que le hacía señas—, siéntate a descansar un poco.
   Ramón se sentó en el borde de una silla, sin dejar de mirarse las manos.
   —¿Naciste en este barrio?
   —Sí, señor.
   —Tus padres están por aquí.
   —Fallecieron, señor —la voz de Ramón adelgazó como un hilo.
   Paula, que en ese momento regresaba con una bandeja y tres vasos con agua y hielo, le hizo un gesto a su marido.
   —¡Juan!
   —Perdón —él se removió, bastante incómodo—, ¿cómo podía saberlo?
   —No se preocupe, señor —Ramón aceptó el vaso y lo sostuvo con ambas manos—, no conocí mucho a mi madre, ella falleció durante el parto.
   —Oh, eso es terrible —Paula estiró el brazo hacia Ramón y apenas la rozó el hombro antes de retirar la mano con rapidez y cubrirse la boca con ella.
   —Es a mi padre a quien más extraño —Ramón levantó la mirada y la dejó perdida contra la pared.
   La pareja se miró el uno al otro. Poco después, Ramón sacudió la cabeza y tomó un solo sorbo de agua, antes dejar el vaso.
   —No debo molestarlos con mis problemas. —Se puso de pie—. Esos muebles no se moverán solos —esbozó una sonrisa antes de unirse a los hombres de la mudanza.
   —No es molestia —murmuró Paula, aunque su marido se veía notablemente más relajado. —Pobre, muchacho —agregó en voz todavía más leve.
   —Hay tragedias por todos lados —Juan se tomó todo el vaso de un trago—, pero hoy no nos podemos preocupar por eso, ¡hoy es nuestro día!
   El rostro de ella se iluminó.
   —El primero de muchos.
   Por la noche, la mayor parte de los trastos estaba acomodada. Si bien no quedaba ninguna pared libre, tampoco sobraba ningún mueble.
   —No lo sé —dijo ella con ojo crítico—, tal vez no haya que sacar ninguno. ¿Qué piensas? Veremos qué dice mamá.
   Juan apretó los labios un momento.
   —¿Cuándo viene?
   —¡Mañana!
   Él vaciló.
   —¿Y tus hermanas?
   —¡Mañana! —Sonrió. —No te preocupes, no se quedarán más de una semana.
   —¿Una semana?
   Ella le dio un beso ligero y volvió a sonreír.
   —Pasará rápido, además tú no estás aquí la mayor parte del día. Valdrá la pena cuando veas todo ordenado, ya verás.
   —Una semana —suspiró él—, no parece que haya tanto para ordenar.
   —Te sorprenderías.

***

   —No lo sé —la madre entornó los ojos y frunció los labios—, parecen demasiados muebles; sin embargo, no tiraría ninguno de los antiguos, ¡ni de los que te regalamos tu padre y yo!
   —Definitivamente, tienes que quedarte con ese tocador —dijo una de las hermanas.
   —Por ahora me quedaré con todos —decidió Paula—, ya habrá tiempo más adelante para sacar alguno.
   —Bien dicho, hija, ahora, ¡a ordenar!
   —Mi primera casa —sonrió Paula—, ¿lo crees?
   La madre sonrió a su vez y la besó en la frente, pero no contestó, tenía los ojos húmedos. Las cuatro mujeres se dividieron las tareas, aunque no dejaban de cruzarse unas con otra y tropezarse con los muebles y las cajas.
   —¿Dónde va esto? —preguntó la menor de las hermanas con la nariz fruncida, ya avanzada la tarde.
   —Son para cocinar —enarcó las cejas Paula—, algo que deberías aprender a hacer algún día. Ponlo en los cajones de allí abajo.
   La hermana bufó antes de obedecer.
   —¿Por qué los cambias de lugar? —dijo la madre que entraba en la cocina.
   —¿Qué cosa? —preguntó Paula.
   —Los encontré tirados en el pasillo —se encogió de hombros la hermana cuando vio que la madre la miraba a ella.
   —Qué raro, estaba segura de que ya lo había guardado —vaciló un momento y sacudió la cabeza—. No importa. Deberíamos empezar a cocinar, ¿no llegará Juan pronto?
   Paula miró el reloj de la pared.
   —Uy, sí, en menos de una hora.

***

   La madre y las hermanas se fueron al terminar la semana. Por fin Paula y Juan pudieron relajarse en su propia casa. Estaban sentados en el comedor, después de cenar, con la ventana del patio aún abierta. La brisa corría con pereza alrededor de la habitación.
   —¿Qué piensas? —preguntó Juan.
   —Que nos quedaremos con todos, no quiero deshacerme de ninguno.
   Él acarició la cabeza de ella con un leve beso.
   —Como quieras, eres la dueña de casa.
   Paula sonrió.
   —¿Sabes qué podríamos hacer? —se iluminó ella—, podríamos invitar a tu jefe y su mujer a una cena. O tal vez a ellos y unos cuantos compañeros, no muchos, a una pequeña fiesta.
   —Me parece bien, ya es hora de que alardee un poco de mi hermosa mujer y de la casa en la que vivimos.
   —Perfecto —sonrió Paula— podemos hacerlo el fin de semana que viene, ¿preguntarás?
   —Mañana mismo lo hago.
   Se levantaron del sofá para ir a la cama poco después. Ella se desvió un momento para guardar en la cocina unos platos que encontró en el comedor. Se apresuró a alcanzar a su marido.
   —No se termina nunca de ordenar —sonrió.
   Él no dijo nada, la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.
   Un par de días después, cuando regresó de trabajar encontró a Paula en el patio con Ramón.
   —Hola, querido —lo saludó con un rápido beso—. Aquí Ramón me va a ayudar con una idea fabulosa.
   Ramón bajó la mirada para someterse al escrutinio de Juan. Paula parecía no haberse dado cuenta.
   —Vamos a construir un jardín en el patio. ¿No es maravilloso?
   Juan vaciló antes de reír.
   —Ramón —palmeó al joven en el hombro—, no debes sucumbir a todas las locuras de mi mujer.
   —No es tan difícil, señor. Solo hay que sacar unas cuantas baldosas allí cerca de la pared, hay tierra debajo. Tal vez traer un poco más y construir algo que la contenga.
   Juan miró el piso con dudas.
   —¿Estás seguro?
   —Sí, señor, ya lo hice en otras casas.
   —Entonces confiaremos en ti —volvió a palmearle la espalda—, pero nada demasiado grande.
   —No será más que un pequeño jardín —sonrió Paula con entusiasmo—, ya verás.  
   Poco después disfrutaban de un pequeño pedazo de verde en el patio. Y entonces aparecieron unos arreglos que necesitaba el techo, algunos en la cocina, otros en el baño, un nuevo estante para el cuarto de visitas.
   —Está siempre aquí —murmuró Juan unas semanas después cuando entraba a su habitación al llegar del trabajo.
   —¿Quién? —Paula ya estaba en la cama.
   —Ramón.
   —Es que me da pena, está solo y estos arreglos le dan de comer.
   —No debes mal acostumbrarlo, hay otros vecinos en el barrio.
   —Lo dejaré de a poco —suspiró Paula.
   Juan la miró con atención por primera vez desde que llegara y frunció el ceño.
   —¿Por qué estás en la cama? —se volvió para mirar hacia la puerta que llevaba al comedor, donde Ramón todavía merodeaba.
   —Vine a acostarme cuando te dejé hablando con él —dijo ella, algo tensa. Él frunció los labios. Abrió la boca y volvió a cerrarla.
   —¿Por qué?
   —Estoy algo mareada, nada más.
   Juan vaciló y se le relajó el gesto un poco.
   —¿Quieres que llame al médico?
   —No, no —negó ella con la cabeza—, en verdad no es nada. Dejé la comida preparada, solo hay que calentarla.
   —Ya lo haré yo —Juan se puso en camino.
   —¿Cariño?
   —¿Sí?
   —¿Puedes llevarte esas ollas? No sé por qué están aquí, nunca parecen quedarse en la cocina.
   —Las cosas no se mueven solas.
   Juan otra vez miró de reojo hacia el comedor.
   —Él nunca toca nada —dijo Paula—, es muy respetuoso.
   —Bien, traeré la comida.
   Cuando llegó a la cocina, Ramón esperaba junto a la puerta de salida.
   —Será mejor que me vaya por hoy, señor.
   —Estoy de acuerdo, muchacho, tienes que descansar también.
   Ramón asintió. No parecía haber escuchado su conversación, aunque tampoco preguntó por la señora.
   Esa noche comieron en la cama. A la mañana siguiente, Paula no se sentía mejor.
   —Llamaré al médico —dijo Juan con decisión y sin esperar respuesta.
   Una hora después, estaba caminando de un lado a otro en el comedor, a la espera del diagnóstico. Entonces sonó el timbre. Abrió la puerta con un gruñido.
   —Hoy no, Ramón —dijo Juan sin dejarlo pasar.
   —Está bien, señor, cuando usted me diga.
    —Paula necesita descansar.
   Recién había terminado de cerrar la puerta cuando el médico apareció en el comedor. Juan se apresuró a llegar a su lado.
   —¿Cómo está?
   —Nada que no se solucione en unos meses —sonrió el médico—, pero entonces tendrá otros problemas.
   El hombre esperó con paciencia hasta que Juan comprendiera.
   —¿En serio? —gimió éste con voz chillona.
   —Estoy seguro.
   —¿Y es normal que se sienta así?
   —Algunas mujeres deben guardar reposo durante los primeros días. Tal vez le iría bien tener a una de sus hermanas o a su madre con ella, por unos días. Todo irá bien.
   —Gracias, gracias —Juan acompañó al médico a la puerta antes de volver presuroso al dormitorio.
   La madre volvió a los pocos días y se quedó otra semana. Juan lo aceptó de buen grado ya que se ocupaba de todo en la casa además de cuidar de su hija, incluso de la comida.
   —Es impresionante cómo se desordena la cocina —dijo la madre al llevarle el almuerzo un día a su hija—. Siempre encuentro algo dando vuelta por algún otro lado, ¿cómo puede ser?
   —No sé, mamá, tal vez haya demasiadas cosas —se acarició la panza—, y pronto habrá más.
   Cuando la madre se fue, Paula ya había vuelto a levantarse de la cama y andaba por la casa con cautela. Ramón volvió poco después para terminar los arreglos.
   —¿Sabes la buena nueva? —preguntó Juan—. Pronto tendremos que armar la habitación del bebé.
   —Felicidades, señor, señora —Ramón mantenía la mirada baja.
   Durante los siguientes días, Ramón fue una compañía constante para Paula. Ella se animaba cada vez a moverse más.
   —¿Cómo puede una casa desordenarse tanto? —preguntó Paula a la vez que iba a la cocina—. Siempre encuentro las cosas de la cocina por toda la casa y juro que…
   Ramón, que estaba en el comedor, se quedó quieto.
   —Y juro que —continuó Paula con la voz más débil— a veces me parece que los muebles del comedor se mueven de lugar. ¿Ramón?
   —Sí, señora.
   Se oyó un fuerte golpe en la cocina y Ramón corrió hacia allá. Paula estaba en el piso. Él se arrodilló a su lado y al instante se levantó y fue a buscar a la vecina.
   Dos horas después, el médico estaba en la casa. Juan caminaba de un lado a otro. La vecina estaba en el dormitorio y Ramón en el comedor.
   —¿Cómo está? —se apresuró Juan cuando vio al médico aparecer con gesto serio.
   —Ella estará bien.
   —¿Y el bebé?
   El médico negó con la cabeza con lentitud. Juan se dejó caer en el sofá y se llevó las manos a la cabeza.
   La pareja quedó sola durante unas noches, antes de que la madre volviera para quedarse, en principio, otra semana más. La casa estaba cada vez más desordenada.
   Ramón apareció un día con un ramo de flores.
   —Es para la señora —dijo sin levantar la vista—, espero que mejore pronto.
   —Gracias —la madre tomó las flores en sus manos—, eres muy amable.
   Estaba poniéndolas en agua cuando apareció Juan en la cocina.
   —¿Quién era?
   —Un muchacho, con unas flores para Paula —la madre sonrió—, muy tímido.
   Juan apretó los labios y entornó los ojos al mirar las flores.
   —Ramón —murmuró—, es el que estaba con Paula cuando… cuando…
   La madre le apretó el hombro y asintió, compartieron un momento de silencio.
   —Parece un buen muchacho.
   —No lo sé —se alejó Juan—, parece, pero estaba siempre acá.
   —¿Crees que…?
   —No sé qué pensar.
   —Paula me dijo que cuando se sintió mal estaba en la cocina, aquí —la mujer acarició la mesada— y Ramón, en el comedor, que fue una suerte que él estuviera en la casa.
   —Sí, supongo —dijo Juan y salió de la cocina.
   A la semana, la madre se levantó a medianoche para ir al baño y vio a su hija parada en el medio del comedor.
   —¿Paula? ¿Estás bien?
   Ella se dio la vuelta, parecía desconcertada y tenía la mirada perdida.
   —¿Paula? —la madre se acercó para tomarla de los brazos—. ¡Estás congelada!
   Paula volvió a la vida.
   —Sí, lo siento —se dejó llevar por su madre hasta el sofá—, me pareció ver que se movía algo en el comedor.
   La madre miró alrededor, el lugar estaba bastante desordenado.
   —No lo sé, tal vez Juan corrió algunas cosas, ha estado muy nervioso estos últimos días —frunció el ceño al ver la puerta que daba al patio abierta—, ¿tú la abriste?
   —No — Paula se demoró en las palabras— estaba así cuando llegué.
   La madre se levantó a cerrarla. Cuando volvió al sofá, envolvió a su hija en su propio deshabillé.  
   —No te preocupes, hija. Todo estará bien.
   Paula apoyó la cabeza en el hombro de su madre y se quedaron allí unas horas antes de volver a sus respectivos dormitorios. Cuando se pusieron de pie, la madre tembló. Se volvió hacia la puerta, estaba abierta otra vez. Vaciló.
   —Debe de estar mal la cerradura —dijo y volvió a cerrarla, cuando regresaba con su hija, tropezó con una silla.
   —¿Estás bien, mamá?
   —Sí, sí —corrió la silla a un lado—, solo tengo un poco de sueño, vamos a dormir.
   Al día siguiente, llamó a Ramón para que arreglara la puerta.
   —Yo podría haberlo hecho —dijo Juan.
   —Tú trabajas todo el día, deja que me encargue, estaremos bien.
   —La ajusté, señora, pero no creo que haya nada más que este mal con ella, ¿quiere probarla?
   La madre dejó a Juan en la cocina, junto con la comida que había estado preparando, y fue hacia el comedor. Se detuvo a los pocos pasos.
   —¿Tú corriste esa silla?
   —No, señora, no toqué nada.
   La madre vaciló antes de continuar y empujar la silla a un lado.
   —Siempre se corre, debe de haber un desnivel en el piso —se acercó a la puerta y la probó—. Parece estar bien, Ramón, gracias. Creo que mi nuero y tú tienen un arreglo, ¿no?
   —Sí, señora, no se preocupe.
   —¿Cómo está la joven señora?
   La madre echó un vistazo al dormitorio. Suspiró.
   —Estará bien, aunque ella no lo crea.
   A las pocas semanas, la madre se fue y Juan y Paula volvieron a quedarse solos. De a poco, cada día, ella salía un poco más de la cama. Juan se alegraba de verla más animada, aunque aún caía en algunos lapsos de mirada perdida.
   La casa seguía cada vez más desordenada. Juan lo arreglaba sin decir nada. Una noche se despertó y Paula no estaba en la cama. La encontró en el comedor, sentada frente al tocador, murmurando por lo bajo.
   —¿Qué haces aquí? ¿Con quién hablas?
   Paula no se dio la vuelta. Juan se acercó para tocarle el hombro. Dio un paso hacia atrás cuando le vio el rostro que, por un segundo, no se pareció al de su esposa.
   —¿Paula?
   Ella pestañeó con fuerza.
   —¿Qué pasa?
   —¿Qué haces aquí en medio de la noche? —reprimió un escalofrío y vio la puerta del patio abierta. Se acercó a acerrarla. —No deberías abrirla de noche.
   —Yo no lo hice —murmuró ella.
   Él la ignoró y se agachó a recoger una olla.
   —Y tienes que parar con esto de dejar las cosas de la cocina por toda la casa —añadió con irritación.
   —Yo no soy.
   Juan alzó la mirada. Paula había adelgazado varios kilos y se veía muy frágil vestida solo con el camión. Dejó la olla sobre el sofá.
   —Ven, vamos a acostarnos.
   No habían dado dos pasos cuando una brisa congelada los envolvió. Juan se dio la vuelta.
   —Ramón lo tendría que haber arreglado —se acercó a zancadas y cerró otra vez la puerta.
   —¡Cuidado! —susurró Paula cuando su marido se daba la vuelta y se llevaba la silla por delante.
   —¿Qué es esto? —él la esquivó de último momento y pateó la olla—. ¿Tú la pusiste aquí?
   No obstante, Paula no se había movido de la otra punta de la habitación, lo que Juan confirmó al alzar la vista.
   —Vamos —dijo sin mirar nada más—, mañana llamo a Ramón.

***

   —No le veo nada malo —dijo el muchacho.
   —Yo tampoco —inspiró Juan—, pero por algo se abre sola.
   —Tú lo sabes, Ramón, ¿no? —dijo con debilidad Paula desde el sofá—. Todo el barrio lo sabe. Siempre murmuran a mis espaldas.
   —Querida, está bien, la gente siempre habla, no te preocupes.
   Ramón se había mantenido callado. Paula miraba el tocador. La silla se arrastró por el piso.
   —¿Qué fue eso? —Juan se levantó de un salto. Ramón se puso pálido y dio un paso atrás. —Tú sabes algo.
   —No, señor.
   —Por favor —suplicó Paula—, ayúdanos.
   —No puedo —Ramón evitó su mirada y salió corriendo.
   Juan intentó pararlo, pero tropezó con unos platos en el suelo.
   —¡Maldición!
   —Todos lo saben —murmuró Paula—, siempre lo supieron.
   —¿De qué hablas? —se exasperó Juan.
   En ese momento la puerta del patio se abrió.
   —No estamos solos en la casa —musitó ella.
   Los muebles se agitaron. Paula no se movió del sofá mientras Juan daba vueltas a su alrededor.    
   Unos meses después, la casa estaba vacía, excepto por los muebles.
   —Una desgracia, una pareja tan joven —decían los vecinos—, aunque eran algo raros.

¿Sabías que todos los cuentos tienen como título un nombre propio? Aquí puedes ver el listado. Y sí, fue intencional. Esta vez dudé y puse ambos, ¿crees que tendría que haber sido solo el de ella?

Los fantasmas que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean. Twittea
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Sellado (relacionado con Castillo)


Castillo_tapa
ISBN 978-987-02-7303-5
Editorial Dunken

Cuentos del Castillo es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.
   Las historias que se entrelazan en estos cuentos narran la vida de un castillo que se desvaneció en la bruma del olvido.
   Sus personajes recorren diferentes etapas de un viaje que no deja de repetirse.

 
Cuentos del castillo

Otro cuento en el Castillo


  ¿Quieren saber algo más del libro Cuentos del Castillo sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: un nuevo cuento relacionado con los del libro. ¡A leer!
 

Sellado

  
   —No entiendo qué es este manuscrito.
   —Nadie lo hace, ese no es el punto —ella bajó el volumen de su voz—, lo importante es para qué sirve.
   Él se alejó de la mesa y se frotó los ojos.
   —¿Y para qué sirve?
   Ella se sentó a su lado, una pierna sobre otra y el brazo sobre el respaldo de la silla.
   —Bueno, no sé exactamente, creo que, de alguna forma, es como si contuviera todo lo que sucede a su alrededor.
   Él se encogió de hombros.
   —¿Qué puede tener eso de especial?
   —Que lo hace solo.
   Él volvió a inclinarse sobre el manuscrito.
   —Nada hace nada por sí solo a menos que esté vivo o tenga magia.
   Ella puso los ojos en blanco.
   —Es obvia la razón en este caso.
   —Tal vez; aun así, sigue sin ser especial ¿para qué querría uno registrar todo lo que ocurre en un solo lugar? —levantó el pergamino con dos dedos y volvió a dejarlo sobre la mesa—. No veo la utilidad, hay mejores y mayores magias que investigar; por ejemplo, cómo fue que el grupo de último año invocó a ese demonio.
   Ella se acercó más a él, aunque estaban solos en la biblioteca. Era un lugar lúgubre, al igual que el resto del castillo. Frío y húmedo, lo que mantenía las páginas de los libros gomosas y casi con la consistencia de un elástico.
   —¿Y no pensaste que esto podría grabar lo que hagan —susurró—, para que luego tú lo leas?
   Él la miró con lentitud y sonrió de a poco.
   Tomó el manuscrito otra vez en sus manos para mirar las palabras que se desvanecían. Se cuidó de que sus dedos no tocaran las letras. Allí aparecía escrito lo que acababan de conversar.
   —No dura mucho —frunció el ceño hacia los espacios ya vacíos.
   Ella se acomodó en la silla y frunció los labios.
   —Tiene que haber algo que podamos hacer.
   —¿Cómo qué?
   Ella se encogió de hombros.
   —¿No hay un hechizo para detener el tiempo?
   Él enarcó las cejas.
   —¿Estás hablando en serio? ¿Sabes lo difícil que es eso? El tiempo no lo ves, sin embargo, lo rodea todo, es como el aire.
   —Pero no tenemos que detenerlo todo —se entusiasmó ella—, ni siquiera hace falta detenerlo, solo retardarlo alrededor del papiro, para que dure un poco más.
   Él volvió a mirar al papel con atención.
   —Creo que sí, déjame que lo piense, tengo que comprobar algunas cosas.
   —Está bien —dijo ella y le sacó el manuscrito de las manos a la vez que se ponía de pie—. Tengo una clase.
   —Espera…
   —Yo lo encontré —dijo ella y guiñó un ojo antes de darse la vuelta e ir hacia la puerta.
   Él se quedó sentado un rato más, pensativo, antes de tomar algunos libros de los estantes e ir a su habitación. No tenía clases hasta la mañana siguiente.
   Volvieron a encontrarse al otro día, por la tarde. Esa vez lo hicieron en uno de los salones vacíos.
   —Esto es lo que quiero intentar —dijo él mientras le hacía señas para que se acercara a la olla desde la cual salía un humo espeso de un tupido color gris.
   Ella lo hizo, arrugando la nariz.
   —¿Qué es eso?
   Él seguía moviendo el líquido burbujeante.
   —Es lo que hablamos, detener el tiempo —se encogió de hombros—; en realidad, demorarlo un poco.
   Ella dio un paso atrás.
   —No voy a sumergir el papiro allí, no lo voy a perder.
   —No tienes que sumergirlo —él frunció el ceño—, ¿acaso no aprendiste nada?
   Ella entornó los ojos.
   —Sabes que voy unos años detrás.
   Él volvió a encogerse de hombros.
   —Creí que ya lo sabías. No importa —hizo un gesto—; el líquido es irrelevante, es el humo lo que se usa.
   Ella se tapó la cara con la mano.
   —¿El humo?
   —No te preocupes, no es tan concentrado ni hay tanta cantidad como para afectarnos a nosotros. Acércate.
   Ella lo hizo con poca decisión y se sentó a su lado, en una silla libre. Miró de reojo a la puerta que había dejado abierta.
   —No vendrá nadie hasta dentro de una hora. —Le dio unas pinzas. —Ten, sostenlo sobre el humo.
   Ella apretó los labios, sin tomar las pinzas.
   —La humedad le hará daño.
   Él suspiró.
   —Tú quisiste probar esto. —Ella todavía vacilaba. —No le pasará nada. Si sobrevivió en este castillo apestoso, un poco de humo no le hará nada más.
   —Es que estuve pensando.
   —¿En qué?
   —¿Qué gano yo?
   Él casi dejó de revolver.
   —¿Qué dices? ¿Acaso me estás…? —se mordió el labio antes de continuar con un hablar pausado. —Fue tu idea.
   —Lo sé.
   —Puedes echarte atrás, a mi no me importa —aunque no dejaba de revolver.
   —Es que quisiera… —titubeó ella.
   —¿Qué quieres a cambio?
   —¿Lo harías?
   —Todavía no me dijiste qué es.
   —Todavía no has aceptado.
   —Se me está cansando el brazo.
   —Está bien, está bien.
   Ella sacó el papiro de su bolso, tomó las pinzas y lo colocó sobre el humo.
   Allí estaba escrita su conversación de ese momento. Las últimas letras comenzaban a desvanecerse, no obstante, lo hicieron a un ritmo más lento cuando las alcanzó el humo.
   Se miraron el uno a la otra y él sonrió.
   —Bien, ya sé cuándo y dónde hay que ponerlo.
   Tuvieron todo listo dos noches después. Colocaron el papiro dentro de una caja cerrada llena de humo. Tendría que durar toda la noche y al menos la mitad del día siguiente, para que tuvieran tiempo de copiar el hechizo que aquel grupo hubiera creado.
   Cuando llegaron a la biblioteca a la mañana siguiente, el lugar estaba más sombrío que de costumbre. Una bruma espesa se filtraba por las ventanas cerradas.
   Ellos caminaron hacia donde habían dejado la caja.
   —Esto no me gusta —dijo ella.
   —Es solo una tormenta que se acerca —dijo él, sin prestarle atención a la niebla que salía por la ventana, ansioso por llegar al manuscrito.
   —Espera —ella estiró el brazo hacia él, pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo en ese momento y él no estaba escuchándole.
   Él abrió la tapa de la caja y el humo inundó todo el lugar, ya no era posible ver nada más alrededor.
   —Hola —musitó ella, pese a que no esperaba ninguna respuesta.
   —Por aquí —dijo él y ella siguió su voz.
   Se encontraba junto a la caja abierta con el papiro en la mano. Las letras estaban grabadas allí y no parecía que fueran a desaparecer en breve. Él las leía con avidez, tanto que no vio los ojos que se habían encendido a su izquierda.
   —¡Cuidado! —gritó ella, si bien no con la suficiente rapidez.
  Unas garras se clavaron en el cuello de él y ahogaron el grito antes de que intentara salir. Ella sintió que otra le agarraba la muñeca. Y gritó. Y se agitó con fuerza.
   —No, no. Ven conmigo —dijo una voz y ella se calmó al notar que era humana.
   Era otro de los estudiantes, tenía sangre en la cara y el pecho, y parte de la ropa en jirones.
   —Tenemos que salir de aquí.
   La niebla se llenó de ojos.
   —¿Qué sucedió? —preguntó ella mientras lo seguía con cautela.
   —Son los demonios —él sacudió la cabeza—. El hechizo se mantuvo activo excesivo tiempo, todavía no se detiene y no sé por qué. De todas formas, ahora ya es demasiado tarde, tenemos que salir, sellar la biblioteca y encontrar la forma de contenerlos. —Suspiró. —Con suerte, será solo el nacimiento de otra de las secciones prohibidas de la biblioteca.
   Ella miró hacia atrás pero ya no se veía el papiro, ni la caja mesa, ni la mesa. Ella se mordió el labio.
   Él se detuvo de golpe.
   —¿Qué sucede?
   —La puerta está cerrada.
   —¡No puede ser! —ella lo empujó a un lado para pasar—. Si recién entré.
   —Ya lo descubrieron —murmuró él—. Van a tratar de detenerlo.
   —¿Con nosotros dentro? —gimió ella.
   Él se quedó inmóvil, como resignado, mientras más ojos se encendían entre la bruma. Ella no llegó a gritar esa vez.

¿Sabías que todos los cuentos tienen un título de una sola palabra? Aquí puedes ver el listado. Y sí, fue intencional.

Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida. Twittea
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La roca que reluce - (Precuela Torre hundida)


Torre_tapa
ISBN 978-84-941917-8-7
Editorial Amarante

La torre hundida es una novela fantástica destinada al público juvenil.

   Esta es la historia de una joven en la búsqueda de su familia perdida. La protagonista deberá enfrentarse a las mentiras que cubren su pasado y su verdadero origen.
   Criada en un pueblo tranquilo, Lahja no puede ignorar la necesidad de conocer sus orígenes. En contra de los deseos del hombre que llama abuelo y acompañada de su único amigo, se lanza a una búsqueda donde no solo conocerá su historia, sino que aprenderá sobre sí misma. Incluso sobre aquella parte de ella que trata de mantener oculta.
   A medida que descubre su pasado, Lahja desvelará la caída de un reino que ha sido tabú desde que ella naciera.

 
La torre hundida

Precuela de Torre hundida

  
   ¿Quieren saber algo más de novela La torre hundida sin leerla? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la (muy pequeña) precuela. Se trata de un breve cuento ambientado en el mundo de la novela. ¡A leer! (Estoy bastante segura de que no hay spoilers.)

La roca que reluce

 
   ―¡No, no la toques! ―gritó la joven.
   El muchacho apretó los dientes mientras trataba de mantener el equilibrio.
   ―Casi me caigo con tu alarido ―suspiró y bajó el brazo que tenía extendido.
   ―No fue un alarido ―frunció el ceño ella―, te estaba previniendo.
   ―Pues trata de no dejarme sordo mientras lo haces.
   Ella puso los brazos en jarra y se le quedó mirando, pero él no le prestaba atención, seguía fascinado por la pared de piedra que tenía enfrente. Estiró el brazo otra vez.
   ―¡No! ―se exasperó ella―. ¿Es que no conoces las historias? Ni siquiera deberíamos estar aquí.
   ―Son solo unas ruinas ―se encogió de hombros―, un lugar abandonado.
   ―¿Y por qué será eso? ―la joven bajó la voz―. Se dice que esas piedras resplandecen por las noches.
   El muchacho rio con ganas.
   ―Tantas habladurías por el reflejo de la luna. No pasa nada, mira ―dijo y apoyó la mano en la roca.
   Ella sofocó un grito, y se calmó cuando vio que no había ocurrido ninguna catástrofe. Se acercó un paso.
   ―¿Ves? ―la sonrisa de él se ensanchó―. Son solo cuentos, historias para contar de noche y asustar a los tontos.
   Ella se acercó otro paso y extendió tímidamente su brazo. La torre tembló y se oyó el ruido de pasos en su interior. Ambos jóvenes se quedaron quietos, conteniendo la respiración. La piedra resplandeció.
   ―Vamos ―susurró ella.
   Él no se movió.
   ―Vamos, vamos ―lo urgió ella.
   El muchacho hizo una mueca y negó con la cabeza. Ella tiró del brazo del joven, pero la mano no se despegaba de la piedra. Él cayó de rodillas, a la vez que contenía un grito.
   ―¿Qué sucede? ―lo miró ella, los ojos enormes.
   El muchacho levantó el rostro, las lágrimas resbalaban por su barbilla. Ella se arrodilló a su lado. Se quedaron mirándose.
   La piedra se apagó poco después. Ella tomó la mano quemada entre sus dedos suaves.
   ―Vamos ―susurró otra vez.
  Él se levantó con su ayuda, y se apoyó en ella para alejarse de la torre. La muchacha pasó el brazo herido por sobre sus hombros.
   No habían dado más de diez pasos cuando él se tensó y ella sintió el calor que emanaba de la mano quemada, y cómo le abrasaba el hombro. Apretó las mandíbulas e intentó seguir caminando, pero él la empujó y cayó solo al suelo.
   ―Déjame, debes huir.
   ―No, te llevaré de vuelta.
   El muchacho gruñó, a la vez que se hacía un ovillo contra el piso.
   ―No hay nada que hacer, lo siento quemar por dentro.
   La joven se acercó para tocarlo, pero la piel del muchacho hervía. Resplandecía con la misma luminosidad de la roca de aquella torre.
   Ella se quedó hasta que la luz se apagó.
 
¿Están perdidos con los personajes? Aquí un hay listado.

Un pasado incierto; una familia perdida. Twittea

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Antifaces - No te guíes por las apariencias, todos usamos máscaras


   Antifaces


  Nuevo libro, disponible solo en Amazon.

 
Tapa_Antifaces
    No te guíes por las apariencias. Todos usamos máscaras.
  
   Norah tiene una vida ordinaria: comparte una casa con sus tíos y estudia en la facultad de Buenos Aires. Su vida es tan común que se vuelve aburrida, la carrera que eligió no es lo que esperaba y sus tíos no se preocupan por ella lo suficiente, cuando todo lo que Norah ansía, en secreto, es una familia. Pero al menos ella sabe bien cómo son las cosas; ya lo tiene todo etiquetado, a sus tíos, a sus compañeros, a todo lo que se le cruza. ¿O no?
   Cuando una noche escucha los gritos de una joven, no lo duda. En seguida reconoce la situación y corre a ayudarla, algo que después lamentará haber hecho. Aquella joven, Clíona, y sus amigos empiezan a seguirla y presionarla; mientras tanto, en casa, sus tíos comienzan a actuar de forma extraña.
   Finalmente, acepta ir con Clíona y entonces descubre no solo un mundo mágico, sino que ella forma parte de él y tiene que elegir un bando en una lucha que todavía no comprende. Sin tiempo para pensarlo, desentierra su propia magia y se tropieza con la historia que sus tíos le omitieron sobre sus padres.
   Regresa a su casa, llena de preguntas, para encontrar que sus tíos desaparecieron. Y lo que es peor, vuelve a encontrarse con uno de los jóvenes que atacaron a Clíona, ¿es que acaso él también la está siguiendo? Hay un solo lugar donde puede hallar las respuestas sobre su pasado y Norah está dispuesta a ir en su búsqueda. Pero a medida que sus habilidades crecen, también lo hacen sus dudas. ¿Quiénes son en verdad sus nuevos amigos? ¿Qué le están ocultando? Antes de que pueda descubrirlo, una cruenta batalla la hace huir.
   Ahora está sola, está desesperada, no sabe a quién creerle y tiene que tomar una decisión. Si no confía en su propio juicio, ¿podrá confiar en el de alguien más? Lo único que tiene claro es que ya no puede mantenerse neutral, debe elegir un camino, pero ¿cuál es el correcto?
   En esta novela nada es lo que parece y Norah debe aprender a desconfiar de todas sus ideas preconcebidas y aprender a confiar en su instinto, a la vez que se reconecta con la naturaleza, la magia que fluye a través de ella y su familia.
 


"Su estilo de escritura es directo y sencillo, logrando una lectura rápida y agradable." - Reseña en el blog Serendipia azul


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Tiempo de cambios - (Precuela Profecía)


Profecía_tapa
ISBN 978-987-02-5041-8
Editorial Dunken

La otra profecía es una novela fantástica destinada al público juvenil.

   El momento anunciado por la profecía se acerca. Únicamente el sacrificio de una joven puede evitar la catástrofe que se avecina.
   El Templo del Sol está seguro de poder impedir la calamidad, después de todo, lleva años preparándose ya encontró a la joven indicada. Pero, ¿alguien se preguntó si ella está dispuesta a sacrificarse?
   Luego de años de encierro, Kamilla intentará huir del destino que eligieron para ella. Se enfrenta a un mundo que solo vio de lejos, a través de una ventana.
   ¿Debería encontrar su sendero sola o aceptar la ayuda de quienes se cruzan en su camino? ¿Podrá afrontar sus temores y dejar atrás sus remordimientos?

 
La otra profecía

Precuela de Profecía

  
   ¿Quieren saber algo más de novela La otra profecía sin leerla? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la (pequeña) precuela. Se trata de un breve cuento ambientado un poco antes del inicio de la novela. ¡A leer! (Ojo, puede haber spoilers.)

Tiempo de cambios

 
   Zora aguardaba fuera de la habitación, cambiando el peso de un pie a otro. No sabía por qué la habían llamado, ni quería saberlo. Si bien solo era una iniciada en el Templo del Sol, ya había visto y oído lo suficiente para no querer conocer nada más.
   El pasillo en el que estaba esperando era uno de los menos concurridos. Allí estaban las habitaciones de las hermanas de mayor rango, las que no se dirigían a las iniciadas más que para darles órdenes. Zora volvió a pasar el peso de un pie a otro y suspiró. Ya llevaba cuarenta minutos parada allí fuera.
   Era imposible oír qué sucedía del otro lado de la puerta y no quería golpear de nuevo, al menos no por el momento. Todavía faltaba para la cena y ya había cumplido con todas sus tareas así que no tenía ninguna excusa válida. Volvió a cambiar el peso y la puerta se abrió de golpe. Zora trastabilló hacia atrás y casi cayó, tuvo que sostenerse de la pared.
   Dos hermanas salieron de la habitación. Una era Adine, no sabía el nombre de la otra. Ninguna de las dos prestó atención a Zora. La segunda hermana se fue a los pocos minutos y Adine miró a un lado y otro del pasillo antes de indicar a Zora, con un gesto de la cabeza, que entrara a la habitación. Zora lo hizo de mala gana, a la vez que contenía un bufido. Cerró la puerta tras de sí y se quedó muy junto a ella, casi con la espalda apoyada sobre la madera.
   Adine se dio la vuelta, la observó, enarcó las cejas y sonrió.
   —Acércate, ¿a qué le tienes miedo? Somos todas hermanas aquí.
   Zora dio unos pasos más, no muchos. De un reojo rápido miró la habitación de Adine, era más grande que la suya, aunque no tanto.
   —Te estarás preguntando por qué te llamé —dijo Adine mientras se sentaba frente a su pequeño aparador.
   Zora asintió. Adine volvió a enarcar las cejas e irguió el torso.
   —Te concederé un gran honor.
   Zora se mordió el labio.
   «Esto no puede ser nada bueno».
   —Tal vez sepas cuál es mi tarea dos veces a la semana.
   «Claro que lo sé, todo el templo está al tanto».
   Zora asintió otra vez al ver que Adine esperaba una respuesta.
   Adine sacó pecho.
   —Una tarea importante, sí, pero lamentablemente se me acumulan tantas responsabilidades —suspiró de forma dramática— que no hacen posible que siga cumpliendo algunas de ellas.
   Zora dio un paso atrás y apretó los labios en un intento de que no saliera ninguna palabra.
   «Sabía que no podía ser nada bueno».
   —La sacerdotisa me autorizó —continuó Adine— a que eligiera un reemplazo. Bajo mi supervisión, por supuesto.
   —Soy solo una iniciada —murmuró Zora.
   Adine lució molesta un segundo y luego recompuso el rostro para mostrarse dulce.
   —Entiendo que estés asustada; sin embargo, es un gran honor el que se te concede, y una gran responsabilidad. —Hizo un gesto con la mano que la hizo parecer una garra. —Ahora, ven, acércate, te explicaré lo que tienes que hacer.
   Zora lo hizo a regañadientes y Adine le mostró un mapa un mapa de la torre, la torre donde estaba la destinada a cumplir la profecía.
 
***
 
   —El momento de la profecía se acerca, ¿sabes lo que significa eso, Jaecar? —preguntó Taika mientras cepillaba su cabello, vestida solo con una bata.
   Él seguía en la cama, entre las sábanas.
   —Que por fin terminará esa charada de la torre.
   Taika frunció el ceño sin apartar la mirada del espejo.
   —No me gusta que hables así, los rituales son importantes, sobre todo para el pueblo.
   —Aunque todavía más para quienes tienen control sobre ellos.
   Taika relajó el gesto y los movimientos de su brazo se hicieron más lentos.
   —Por eso es que necesito planificar bien la transición. El día de la profecía tendré a todo el mundo pendiente de mí, pero después…
   —Después ya no habrá necesidad —Jaecar se removió en la cama, y no se levantó.
   Taika frunció los labios en un gesto de asco durante un momento.
   —Tendré que crear la necesidad, en realidad, ya tengo un plan.
   —Por supuesto —sonrió Jaecar sin abrir los ojos.
   —Préstame atención —la voz de Taika se elevó unos tonos—, esto también es importante para ti.
   Jaecar se encogió de hombros, pese a que no se notó mucho al estar acostado. Se incorporó después de un minuto y clavó una mirada profunda en la sacerdotisa. Ella sonrió.
   —Lo primero será hacer desaparecer a los líderes, siempre necesario para crear caos, y que se precisen nuevos guías. Será una pena que el cumplimiento de la profecía se cobre unas cuantas vidas, por lo menos salvaré al resto del reino. —Sonrió con más expansión. —Me adorarán, todavía más que ahora.
   —Por supuesto —murmuró Jaecar, si bien su expresión indicaba que su mente estaba en otro lado.
 
***
 
   —Tienes que hacerlo —dijo Adine en un murmullo furioso.
   —Lo sé, lo sé —contestó la otra con los dientes apretados—. Es que no será fácil, necesito más tiempo.
   —Donata, no tenemos mucho, si perdemos esta oportunidad, tendremos que esperar meses. Y a medida que se acerque la hora de la profecía, peor será.
   La otra hizo un gesto de duda.
   —¡Deja ya de pensar en eso! —dijo Adine con exasperación.
   Donata miró hacia ambos lados, no obstante, estaban solas en aquel pasillo.
   —Es importante, si el ritual no se cumple como debería, la profecía…
   —Te dije varias veces que puedo hacer lo mismo que la sacerdotisa —dijo Adine—, incluso mejor.
   —Está bien, pero dame hasta mañana por lo menos, o pasado. ¿Mañana tienes que ir a la torre?
   —Eso ya está solucionado, estaré aquí.
   Donata frunció el ceño.
   —¿Es cierto entonces lo que dicen? ¿Se lo pasarás a ella? ¿No es muy joven?
   —No te preocupes por eso, yo me encargaré de mis asuntos, tú preocúpate de tener lista tu parte.
   Donata volvió a vacilar, aunque al final asintió.
   —Está bien, mañana al anochecer, te avisaré si tenemos que cancelar.
   —Espero que no —masculló Adine y se dio la vuelta.
   No vio la expresión de la otra hermana, ni quien la observaba. Se alejó con premura por uno de los pasillos, con una sonrisa en el rostro.
   —Seré sacerdotisa —murmuró.
 
***
 
   Zora acudió a la torre a la mañana siguiente, y lo hizo sola. Adine ni siquiera la acompañó hasta la entrada. Llevaba una canasta con comida suficiente para un par de días y un poco de jabón e hilo. Le habían dicho que la muchacha haría todo lo demás por su cuenta. 
   Zora había pensado en qué sentiría esa muchacha, ¿habría pasado una vida de lujos por ser la elegida? Al subir los sucios escalones que llevaban a la torre, supo que no. Que aquella joven, si se podía, vivía una vida incluso peor que la suya y se alegró, se alegró de no ser ella, de todavía poseer la llave de su propia habitación.
   Como había dicho Adine, mantuvo el menor contacto posible con la muchacha, quien tampoco lo intentó. Después de sorprenderse de que no fuera Adine, no le prestó atención más que para observar con detenimiento cada uno de sus movimientos. Esto exasperó a Zora, mas no tanto como los guardias que le cedieron la entrada, esas miradas eran peores. Zora irguió la cabeza y fijó la vista en el horizonte al pasar junto a ellos. No la movió por más que le ardían las orejas.
   Cuando regresó al templo pasado el mediodía. El lugar estaba en uno de sus momentos más bulliciosos. Al pasar cerca del salón principal para invitados, vio una cantidad importante de hermanas, todas murmuraban con furia. La sacerdotisa estaba unos pasos más allá y junto a ella, Adine. Zora se encogió y pasó cerca de la pared, cuidándose de que no la viera, si bien después tendría que hablar con ella. Ya la buscaría más tarde.
   Adine no despegaba los ojos de Taika, mientras mantenía una férrea sonrisa que tensaba todos los músculos de su cara, e incluso algunos del cuello.
   —¿No deberías haber ido a la torre hoy? —preguntó Taika sin mirarla, mientras inspeccionaba sus propias uñas.
   —Hoy fue mi reemplazo, ¿recuerdas? Ya estoy preparada para tareas más importantes.
   Taika enarcó las cejas.
   —Cuidar a la elegida de la profecía es importante.
   —Sí, y lo estoy haciendo, ¿no es acaso un símbolo de crecimiento empezar a delegar? Nadie puede hacerlo todo. Y las personas más capaces deben hacer lo más significativo.
   —Debería ser así —Taika paseó la mirada entre la multitud, era obvio que buscaba a alguien—, no siempre lo es.
   Adine se acercó a ella y le hizo una seña a su amiga, quien también rondaba por allí, pero esta negó con la cabeza y Adine frunció el ceño.
   —¿Necesitabas algo? —preguntó Taika, que de repente volvía a fijar su atención en ella.
   —Sí, quería hablar sobre mi próximo ascenso…
   Taika apretó los labios.
  —¿No fue hace poco?
   —Hace un año.
   —Menos —entornó los ojos Taika—; de todas formas, es poco tiempo.
   —Estoy más que capacitada para...
   —Te falta experiencia y eso solo te lo da los años.
   —La única forma de adquirir experiencia es practicar esas habilidades, no se logra nada al realizar tareas que puede hacer cualquier otra hermana.
   Taika la estudió durante un largo momento.
   —Todavía soy sacerdotisa, ¿qué más puedes querer que no sea mi lugar?
   Adine se sonrojó.
   —Cuando vayas a uno todavía mejor, necesitarás a alguien de confianza.
   —Eso es cierto, aunque no quiere decir que esa persona seas tú. Y todavía no me voy a ningún lado —se movió de un lado a otro—. ¡Jaecar! Ya era hora, tendrías que haber estado aquí al mediodía.
   El hombre se acercó a ellas con un andar sinuoso, no rozó a ninguna de las hermanas que se escurrían a su alrededor.
   —Sacerdotisa —sonrió y lanzó una mirada de reojo a Adine, quien dio un paso atrás—, siempre tan impaciente. Sin embargo, la espera valió la pena, tengo excelentes noticias.
   —Ven, vamos a mi habitación.
   Taika lanzó una última mirada a Adine y se alejó junto con Jaecar.
   —No soporto a ese hombre —masculló Adine al acercarse a su amiga.
   Las demás hermanas las contemplaba en un súbito silencio.
   —Ven —dijo Adine, inconscientemente imitando el gesto de Taika—, hablemos en un lugar más tranquilo.
   Adine soltó a Donata apenas se retiraron lo suficiente.
   —¿Por qué no te acercaste?
   —No estoy lista. Te había dicho que al anochecer.
   —Lo sé. Solo tenías que acercarte para sentirla, para que a ella no le pareciera raro verte.
   —No creo que eso importe.
   —Importa, más si queremos que los demás noten cuánto Taika confía en nosotras y por qué somos las más indicadas para remplazarla.
   La otra suspiró.
   —Estaré bien cuando todo esto acabe.
   —¿Te estás arrepintiendo?
   —No, solo quiero que termine de una vez. No te preocupes, estaré ahí, haré mi parte. Lo que sí espero es que ese hombre no esté allí.
   —Yo también —concedió Adine—. Aunque es un hombre, no tiene magia.
   Donata vaciló.
   —Oí que algunos…
   Adine hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando una mosca.
   —Él no, no te preocupes.
   Se oyeron pasos y voces que se acercaban.
   —Te veré más tarde —dijo Adine con apremio antes de desaparecer por uno de los pasillos.
 
***
 
   Esa noche, poco después de la caída del sol, cuando ya habían cenado, Adine y Donata se reunieron en el pasillo que llevaba a las habitaciones privadas de la sacerdotisa. Adine se acercó para tocar la puerta antes de alejarse a la brevedad. Tuvo que hacerlo dos veces antes de que Jaecar la abriera. Adine masculló por lo bajo, pero le hizo una seña a su amiga. Ella inició un fuego que atrajo la atención de Jaecar. Adine lo distrajo para que Donata pudiera entrar en la habitación. Su amiga comenzó a negarse con movimientos frenéticos de los brazos, mas Adine ya se alejaba de la habitación para conducir a Jaecar hacia otro lado. A Donata no le quedó más opción que avanzar. Adine apareció poco después, agitada por la carrera.
   Se reunieron en la antesala vacía de la sacerdotisa. Donata ya estaba revisando los cajones.
   —Jaecar, ¿quién era? —sonó la voz de Taika desde el dormitorio.
   —Debemos apresurarnos —dijo Adine, quien de todas formas dejó que Donata fuera la que siguiera revisando mientras ella se alejaba un poco.
   La antesala era pequeña y pronto escucharon pasos. Adine masculló por lo bajo, no habían podido siquiera cumplir con la primera parte de su plan. Le hizo una seña a su amiga y se pusieron en posición.
   Cuando la sacerdotisa entró en el recibidor, Donata era la primera en la línea. Atacó a Taika con todas sus fuerzas. La sacerdotisa no solo la esquivó, sino que no tardó en clavar sus uñas en el cuello de la joven hermana. Adine dio un paso atrás. Cuando Taika levantó el otro brazo, un látigo de fuego restalló.
   La sacerdotisa no tuvo piedad.
   Adine esperó entre las sombras hasta que su amiga perdió la consciencia.
   Taika respiraba con fuerza, sus hombros bajaban y subían con violencia, si bien sus movimientos comenzaban a hacerse más lentos. Giró para mirar alrededor.
   Adine se encogió contra un recoveco. Taika se movía con calma, como un depredador. Estaba a punto de asomarse al lugar donde se encontraba Adine, cuando Jaecar entró en la habitación. La sacerdotisa se volvió hacia él como si estuviera a punto de atacarlo.
   —¿Dónde estabas?
   —Había unos fuegos dispersos por el pasillo, creo que algunas de las hermanas estuvieron jugando. —Miró a la que estaba en el piso. —Tal vez varias de ellas.
   —¡Quédate aquí! —Taika dijo con voz cortante—. Debo revisar el resto de las habitaciones.
   Apenas ella se fue, Jaecar se volvió hacia donde estaba Adine. No dijo ni una palabra, solo sonrió. Adine apretó los labios para que no se le escapara ni siquiera un suspiro.
   Jaecar se agachó a revisar a Donata. Luego de comprobar el pulso, la estaba dando vuelta cuando, de repente, se giró con rapidez hacia la puerta que daba al pasillo.
   —Lo siento —dijo una voz frágil.
   Jaecar caminó hacia el umbral, lo que permitió que Adine se moviera de lugar, aunque no pudiera salir.
   —Lo siento —repitió la joven—. Buscaba a Adine, me pareció ver que…
   Adine reprimió un gruñido.
   —Qué casualidad —sonrió Jaecar—, creo que no eres la única que la busca.
   Adine se removió en donde estaba, Jaecar le bloqueaba la puerta. Zora vaciló en el umbral.
   —Lo siento.
   —No te preocupes, muchacha. No obstante, ya que estás aquí, ¿por qué no me ayudas con ella?
   Zora volvió a vacilar cuando vio a la hermana en el piso.
   —Vamos, no te preocupes, Taika está en la otra habitación —Jaecar se movió—. Iré a buscarla.
   —No —dijo Zora con un hilo de voz, pero él no la escuchó o no le hizo caso.
   Adine vio cómo Zora titubeaba frente al cuerpo de Donata. Se agachaba y se quedaba inmóvil por mucho tiempo, el suficiente para que Adine se escurriera hacia la puerta. Sin embargo, no llegó a salir, ya que Taika regresó en ese momento.
   Adine se dio la vuelta, si bien todavía dentro de la habitación, se encontraba cerca de la entrada.
   —¿Qué es esto? —preguntó Taika mirando de una a la otra.
   —Yo… yo… —Zora echó un vistazo a Adine y luego otro a Jaecar, no se atrevió a ponerse de pie.
   —¿Quién eres tú?
   —Es una de las iniciadas —dijo Jaecar—, le pedí que me ayudara con ella.
   —¿Es que acaso no la puedes levantar tú? —preguntó Taika.
   —Pensé que querrías que la atendieran.
   Taika rio.
   —¿Por qué querría eso? Ella no debió entrar aquí sin mi permiso. Solo me interesa saber qué buscaba. Y ¿qué hacía una iniciada por estos pasillos?
   Zora, que se había levantado, trastabilló hacia atrás.
   —Estaba buscando a… a…
   —A mí —dijo Adine con mucha seguridad—, tenía que darme un reporte de su visita a la torre.
   —¿Ella? —Taika la miró de arriba abajo—. Parece demasiado tonta.
   —Hará bien su trabajo.
   —Más vale que sí —Zora se había ido alejando hasta quedarse al lado de Adine—, ¿y por qué te buscaba aquí?
   Adine irguió la cabeza y se encogió brevemente de hombros.
   —Muchas hermanas saben la confianza que tienes en mí. Es natural que piensen que podría estar contigo.
   —¿En serio? —enarcó las cejas Taika, Jaecar no quitaba los ojos de Adine—. No lo sabía. ¿Y es por eso que estás aquí tú? ¿Porque somos tan buenas amigas?
   Adine le mantuvo la mirada.
   —Creí que podríamos continuar nuestra conversación de hoy, sobre mi ascenso.
   Taika entornó los ojos.
   —Todavía con eso…
   —Estuve pensando…
   —Piensas demasiado —Taika hizo un gesto y miró hacia el piso, donde la joven seguía inconsciente—. ¿Acaso no es ella una de tus verdaderas amigas?
   Adine volvió a encogerse de hombros.
   —Es una de las tantas hermanas con las que hablo.
   Zora arrastró los pies.
   —Quédate quieta —apretó los dientes Adine.
   Taika miró en dirección a Zora.
   —Vete y olvídalo todo.
   La muchacha salió corriendo. Adine inspiró con fuerza, pero se volvió hacia Taika con un rostro en calma. Jaecar se había apartado para recostarse contra una pared, parecía estar divertido con la escena.
   Taika frunció los labios un momento.
   —Entonces tú viniste para aquí para hablar sobre… tus planes. Aquella muchacha te siguió para informarte sobre su visita a la torre y esta de aquí no tiene nada que ver. Vino por su cuenta a hacer algo desconocido.
    —Así parece —Adine apretó los puños.
   Taika se dio pequeños golpes en la cara con el dedo.
   —¿Y por qué no hablaste con ella antes?
   —¿Con quién? —preguntó Adine con lentitud.
   Taika dejó pasar unos momentos, Adine se mantenía firme.
   —Con la joven tonta, ¿acaso no regresó hace horas de la torre?
   —Tuve otras tareas y me pareció más importante…
   —¿Hay algo más importante que tu primera responsabilidad? ¿Qué? ¿Tu ascenso? —Taika comenzó a moverse por la habitación. —Así no funcionan las cosas, aunque no tengo que tiempo de ocuparme de eso ahora —pateó el cuerpo de la joven—, quiero saber qué hace ella aquí.
   —No lo sé —dijo Adine.
   Taika entornó los ojos de nuevo.
   —¿Dónde encontrase los fuegos? —preguntó a Jaecar sin quitar los ojos de Adine.
   —En los pasillos que me alejaban de aquí —sonrió Jaecar—. Supongo que una distracción para poder entrar. No estoy seguro de que pudiera hacerlo sola.
   Adine se mantuvo impasible, aunque mantenía los puños cerrados. Taika volvió la mirada a la joven del suelo.
   —Despiértala.
   Adine vaciló.
   Jaecar volvió a sonreír.
   —Se refiere a ti.
   Adine apretó los labios; no obstante, se agachó junto a su amiga e intentó despertarla.
   —¿Eso es lo mejor que puede hacer?
   Adine vaciló un momento antes de crear unas llamas que despertó a la joven de inmediato.
   —Así que así se hace —murmuró Jaecar—, se parecen.
   —¿A cuáles? —preguntó Taika.
   —Todas las hermanas las pueden hacer —se apresuró a decir Adine.
   —Conveniente —murmuro la sacerdotisa e hizo un gesto.
   Adine ayudo a Donata a incorporarse, aprovechó para decirle unas palabras al oído.
   —¿Por qué estás aquí? —dijo Taika apenas vio que la joven abrió los ojos—. ¿Qué buscas? ¿Con quién estabas?
   A Donata le costaba mantener los ojos abiertos.
   —Contesta —la sacudió con fuerza Adine.
    —¿Qué es eso? —preguntó Taika apuntando a uno de los bolsillos de la joven.
   Adine sacó un papel, que la sacerdotisa le arrebato de inmediato. Tenía la letra de su amiga, con parte del plan, la suya, la que no contemplaba distracciones.
   —¿Cómo pudo ser tan tonta? ¿Qué sabías tú de esto?
   —¡Nada!
   Adine se puso de pie de un salto.
   —Ocúpate de ella, entonces.
   Adine solo vaciló un segundo.
 
***
 
   Dos días después, Adine se convirtió en la mano derecha de Taika. Las demás hermanas se apartaban de ella a su paso.
   Jaecar la miraba con una sonrisa tenue.
   —¿Crees que es lo mejor?
   —Estoy segura.
   —No pensé que fueras tan compasiva. ¿Acaso no habías dicho que ella no valía la pena?
   —No es muy fuerte, no, pero tampoco tan tonta, prefiero tenerla vigilada.
   —Hay otras formas de encargarse…
   —Todavía puede ser útil.
   Adine se había alejado de allí hasta llegar a la habitación de Zora.
   —Sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
   La joven retrocedió.
   —Sí.
   Adine la miró.
   —No sé nada.
   Adine sonrió y regresó a la sala principal. Se colocó al lado de Taika, sola, sin ninguna amiga cerca.
 
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