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    Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.

    La historia es cíclica y atemporal, nadie sale del Castillo.
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    Hojas_tapa




    Ella contaba con los dedos de los pies.

    En los cuentos está la variedad, elije el tuyo.

No ficción

Algunos dragones no vuelan - (relacionado con Hojas)


Hojas_tapa
ISBN 978-987-02-3982-6
Editorial Dunken

Hojas de cuentos - Recopilatorio es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Recopilación de los primeros treinta cuentos publicados en el blog Hojas de cuentos.
   Cuentos breves, y cuentos dedicados a aquellos seres fantásticos imaginados por los hombres durante siglos... y más cuentos variados.

 
Hojas de cuentos - Recopilatorio

Un cuento más para Hojas

  
  ¿Quieren saber algo más del libro Hojas de cuentos sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: un nuevo cuento relacionado con los del libro. ¡A leer!
 

Algunos dragones no vuelan

 
   El tercer golpe le hizo perder el equilibrio. Una vez que estuvo en el piso, ya no pudo esquivar ninguno más: patadas, arañazos, coletazos (que eran los más fuertes), incluso algunas mordidas y quemaduras. Ni siquiera fue capaz de huir, los otros solo se cansaron de golpearlo y lo dejaron en paz.
   Una paz dolorosa y vacía.
   Cuando logró ponerse de pie, penosos minutos después, escuchó un grito: «Allí se levanta de nuevo, ¡vamos!»
   Él no intentó darse la vuelta para ver quién había sido el que dio la alarma, sino que corrió lo más rápido posible, su huida fue tan vertiginosa que casi se elevaba del suelo, aunque se cuidó bien de hacerlo.
   Encontró un hueco en una de las montañas que rodeaban su hogar y se acurrucó allí. Las alas apenas le entraban y se las maltrató bastante al ingresar; no le importó, de todas formas no las usaba mucho.
   Los demás dragones volaron cerca de su escondite sin llegar a verlo.
   «Una de las pocas ventajas», pensó a la vez que se sumergía más en la oscuridad de la montaña, como si quisiera fundirse con la roca.
   A él no le molestaba la incomodidad, siempre había vivido así; ni tampoco le fastidiaba la penumbra. Lo único que lo ponía nervioso eran las alturas. Sí, era un dragón que temía volar… no podía ser el único, ¿no?
   Si tan solo pudiera preguntarle a su familia, si tan solo tuviera una. Siempre había estado solo, desde que fuera un huevo. Una pareja del clan lo había encontrado en un hueco en las montañas mientras las recorría en busca de comida. No hallaron rastro de nada ni nadie más. El joven dragón siempre se había preguntado cuánto tiempo habrían buscado. Aun así, su infancia no había sido tan mala.
   Allí, en la noche de su escondite, podía recordarla; no tenía nada más que hacer mientras esperaba que los otros se cansaran o que la negrura de la cueva se repartiera por el mundo.
   Todo había ido bien hasta que habían subido a aquella montaña, cuando no tenía más de tres años.
   Ahora intentaba encontrar qué era lo que había ido mal: ¿que sintiera miedo? ¿que se paralizara? ¿que lo dijera?
   Estaba bastante seguro de que el problema había sido decirlo en voz alta. Tenía que haber alguien más que tuviera miedo o que se paralizara ¿no? Pero él había gritado su terror a los cuatro vientos. Se había aferrado al dragón adulto que los había llevado allí como si su vida dependiera de ello. Y en cierta forma así había sido. Con solo cerrar los ojos, podía acordarse de todo.
   El suelo se veía lejano mientras él se balanceaba desde la cumbre rocosa. Se prendió de la cola del dragón hasta que éste lo lanzó por los aires. Batió las alas con fuerza, apretó los párpados, gritó, se clavó sus propias garras y, finalmente, cayó al suelo como un bólido. Al menos esa vez no escuchó las risas.
   De regreso en el clan, le revisaron las alas y el resto del cuerpo.
   Nada mal, no hay razón para que este dragón no vuele, llévenlo otra vez a la cima.
   Y así hicieron, una y otra vez, sin que a nadie le importara lo aterrorizado que él estaba cada vez que miraba hacia abajo desde esa altura. Con el tiempo, su temor comenzó a mutar y ya ni siquiera quería alejarse del piso. Comenzó a hacérsele difícil correr sin elevarse del suelo, solo lo lograba al apretar las alas contra sus costados, con fuerza; como hacía en ese momento.
   —Tiene que estar por aquí —se escuchó una voz bañada por el viento y él se apretujó más contra la roca.
   —Ya es tarde —dijo otra voz—. Volvamos, ya lo encontraremos mañana.
   El pobre dragón suspiró.
   «¿Mañana? ¿Es que nunca se cansarán?»
   Era inútil preguntarse eso cuando ya habían pasado años desde la primera vez y todavía no se calmaban. Algunos adultos sí se habían rendido y lo ignoraban, aunque no los otros niños, ellos no se agotaban nunca.
   A medianoche salió de su escondite y regresó al lugar donde habitaba el clan. Todos dormían excepto por el vigía. Éste lo miró de reojo mientras el pequeño dragón se acercaba a los restos de comida. Su estómago dolía, pero ya le había enseñado a hacerlo en silencio. Un dragón que no volaba, era un dragón que no cazaba, que no comía más que de las sobras de otros.
   —Pronto serás un adulto —le dijo el vigía sin mirarlo y a él se le endurecieron las escamas—, ¿y qué harás? Un dragón adulto no alimenta a otro a menos que sea su pareja o que esté enfermo —se rio—, ninguna dragona te querrá.
   El dragón bajó la cabeza y vaciló frente a la comida, su estómago se le acalambraba.
   —Come ahora que puedes —dijo el otro por lo bajo, con una nota de desprecio en su voz.
   El pobre dragón dio unos pocos bocados y se fue lo más pronto que pudo.
   «Tiene razón, ¿qué voy a hacer entonces? ¿Llegarán a olvidarlo? ¿Cuándo me aceptarán? ¿Podrán hacerlo?»
   La mañana llegó y sus acosadores lo encontraron antes de que él despertara.
   —Vuela para huir —rieron.
   Los siguientes días fueron casi iguales: correr y esconderse durante el día; comer durante la noche, lo que pudiera conseguir.
   «Son rachas —se dijo a sí mismo—, ya pasará, siempre pasa.»
   Sin embargo, esta vez tardaba más que de costumbre, tal vez porque ya se aproximaba la época en que el clan debía agruparse y pasar más tiempo juntos. Llegaba la temporada en que los hombres iban a cazar cerca de sus bosques. Los dragones no se acercaban a los humanos, hasta él lo sabía. Los humanos era la única especie que les temía, y que aun así los atacaba.
   Una mañana estaba tan cansado, preocupado y hambriento que no pudo evitar a sus acosadores a tiempo. Los golpes lo persiguieron durante su huida por la montaña hasta que cayó por una de sus laderas hasta el fondo. El agudo dolor en el costado acudió a él apenas tocó el piso. Se había roto una de las alas. Los demás dragones cayeron sobre él y comenzaron a patearlo y morderlo.
   —¡Ya basta! —dijo una voz, uno de los dragones adultos.
   El joven dragón no escuchó nada más. El cielo se oscureció y ya no hubo otros sonidos. Se despertó en una de las grandes cuevas que usaban para descansar. Tenía el ala rota envuelta en varias hojas de planta y recubierta de una pasta pegajosa. Intentó incorporarse.
   —Todavía no—cacareó una voz. Un dragón arcaico arrastró sus patas hacia él—, es demasiado pronto, tu ala curará en una semana.
   —¿No está rota? —el joven preguntó con timidez.
   El viejo lo miró con ojos de piedra. Echó fuego por la boca. —No está rota, hijo, solo un esguince. Lamento que no sean buenas noticias.
   El joven dragón bajó la cabeza.
   —Yo no…
   —Todos lo sabemos, muchacho —escupió unas chispas—. Deberás curarte de ese temor, los dragones tenemos alas para volar.
   Lo dejaron recuperarse durante esa semana, por un tiempo pudo comer y dormir tranquilidad. Aunque sabía que no duraría. Cuando salió de la cueva, en una luminosa mañana, se encontró con todos los jefes del clan.
   —Llegó la hora —dijo el que estaba a cargo, un gran dragón verde musgo, de ojos violeta—. O dejas esta tontería de no volar o deberás irte.
   Él miró hacia todos lados. El dragón arcaico agitó la cabeza y echó fuego a un costado. El vigía lo observó con fijeza.
   —Inténtalo —rugió.
   El joven dio un salto hacia atrás.
   Si bien ya sabía lo que iba a pasar, lo intentó de todos modos. Esa vez fueron varios los dragones que lo acompañaron hasta la cima. El pobre dragón miró hacia abajo, las mismas rocas que habían lastimado su ala. Podía escuchar las risas de los niños que no estaban allí.
   —Vamos, hazlo —rugió la orden a su espalda.
   El joven dragón cerró los ojos y saltó. Batió las alas con fuerza, sintió que se desplomaba. Abrió los ojos por un instante y el terror lo envolvió. Las alas se le quedaron tiesas y cayó en picada; sin embargo, antes de que tocara el piso, el gran dragón verde lo sostuvo y lo llevó a tierra a salvo.
   —Debes irte —le dijo sin mirarlo y volviéndole la espalda—, ya no perteneces al clan.
   El dragón se quedó inmóvil durante mucho tiempo, antes de dar la vuelta y caminar con lentitud hasta el bosque.
   Durante las siguientes semanas intentó acercarse a otros clanes, pero la mayoría lo repelían apenas lo avistaban.
   —Ahí viene el dragón que no puede volar.
   Cada vez estaba más flaco. Le costaba conseguir presa donde los hombres cazaban, ellos eran muchos y arrasaban con todo. Además, también debía ocultarse de los humanos y su color azul metálico no le ayudaba a hacerlo.
   En último lugar, tuvo que alejarse de los bosques y de los principales clanes de dragones. Caminó sin pausa cerca de la cordillera, ya tenía tan poca fuerza que no podía correr y mucho menos intentar volar. Al menos ya no tenía que preocuparse por eso.
   Encontró un clan al que parecía no importarle, y se quedó con ellos unos días hasta que descubrió que su afición eran las peleas. Lo obligaron a participar y al perder miserablemente, lo echaron también de allí.
   Siguió caminando hasta que ya casi no se cruzaba con otros seres vivos. Se cansó de comer ratas, serpientes y otros pequeños animales y, al final, decidió que no valía la pena. Subió a la montaña más alta y se acercó al precipicio. Podía sentir el viento queriendo llevárselo. Cerró los ojos y apretó las alas contra sus costados. Dio un paso al frente y se le abrió un ojo. El temor lo embargó.
   —No, ni siquiera esto puedo hacer.
   Pasó casi toda la noche ahí, mirando el suelo metros y metros por debajo, temiendo hacer cualquier movimiento. ¿Y si cayera? Sabía que no lograría volar, le aterraba saberlo.
   De madrugada, cuando el mundo alcanza su mayor quietud, bajó con lentitud la montaña. Le costó mucho más que haberla subido. Había dejado algo allí, todavía no sabía lo que era. Se encontraba débil y cansado, varias veces casi cayó rodando y a duras penas pudo sujetarse con sus garras. Llegó a la parte baja de la ladera cuando el sol estaba en lo alto. Recorrió la base de la montaña en lo que quedaba del día. Encontró varios huecos que le valdrían, estaba tan delgado que tenía muchas opciones, era otra ventaja de su situación.
   Al final, se decidió por una pequeña apertura llena de humedad. Era más probable que allí encontrara agua, y donde había agua también habría algunos animales. La magra comida que se había convertido en algo habitual para él. Se internó lo más que pudo en los túneles y encontró lo que buscaba.
   «Por lo menos hay algo que hago bien —pensó mientras daba unos pocos y lentos bocados—, sé cómo y dónde esconderme.»
   Se quedó allí durante el resto del día y los siguientes.
   A medida que recorría las entrañas de la montaña se encontraba más a gusto. Encontró más comida y una fuente permanente de agua. No era mucho, pero mantenerse delgado le permitía moverse por la mayoría de los túneles. También encontró piedras de colores, algunas eran de lo más duras, aunque lo que más le gustaba era cómo brillaban. Le recordaban la luz del sol. Allí veía muy poco de ello. Solo en el centro de la montaña había un orificio muy lejano y un trozo de cielo. Juntó allí todas las piedras que encontraba, donde la poca luz las hacía destellar cada tanto. Asentó su hogar allí mismo, en el corazón de la montaña. Cada tanto recorría los túneles por comida y agua, y siempre regresaba con más tesoros para su morada.
   Un día, semanas después, se dio cuenta de que era bastante feliz. No extrañaba el clan, ni extrañaba los días, solo le bastaba estar allí dentro, protegido, rodeado de sus tesoros. Ese día trepó hasta lo más cerca que pudo del orificio y gritó su alegría a los cuatro vientos. Por fin había encontrado su hogar, dentro de esa montaña. Gritó y gritó y rio como hacen los dragones, esparciendo fuego todo alrededor.
   Dice la leyenda que ese fue el primer volcán en hacer erupción. Con los años siguieron otros, pocos con tanta fuerza. Algunos dicen que se trata de dragones viejos que, en vez de entregarse a las alturas en el momento de despedida, se acurrucan entre las rocas. Otros, que incluso hubo dragones jóvenes que, por curiosidad, conocieron al pobre dragón y se enamoraron de las gemas y de la libertad de no tener clan, de poder tener su propia montaña sin tener que estar volando por allí. A veces unos se aventuran fuera a comer y algunos hombres dicen haberlos visto, pero nadie lo sabe de verdad.
   
¿Les gustaría adivinar con cuál cuento se relaciona? Aquí un hay listado.

 
Ella contaba con los dedos de los pies. Twittea
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Lo que los ríos de lava traen - (Precuela Kendria)


Kendria_tapa
ISBN 978-987-1477-71-5
Editorial Arte & Parte (un sello de Artnovela)

La elección de Kendria es una novela fantástica destinada al público juvenil.

   En un mundo regido por la magia, donde distintas Órdenes tratan de mantener el deseado equilibrio, se acerca un momento crucial.
   La Cofradía, creada para unir las diferentes Órdenes, trata de mantener el control. Kendria, una adepta de la Cofradía, no sólo se ve envuelta en esta lucha sino que tendrá un papel decisivo en ella.

 
La eleccion de Kendria

Precuela de Kendria

  
   ¿Quieren saber algo más de novela La elección de Kendria sin leerla? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la (pequeña) precuela. Se trata de un breve cuento ambientado un poco antes del inicio de la novela. ¡A leer! (Ojo, puede haber spoilers.)

 

Lo que los ríos de lava traen

 
   —¡Vamos! ¡Rápido! —dijo uno de los hermanos mientras recorría los rocosos pasillos debajo de la Orden.
   La afluencia de adeptos era constante, y aun así no lograban calmar la actividad de los ríos de lava que corrían bajo el edificio.
   Uno de los hermanos mayores se sentó, incómodo, sobre una de las rocas. Manchas de traspiración se extendían por toda su ropa. Tenía el rostro de un rojo intenso; las mangas, más allá de los codos y jugueteaba con los pies, como si quisiera quitarse los zapatos.
   —No te lo recomendaría —dijo una pequeña mujer que se hallaba cerca.
   Su pelo castaño oscuro destellaba en caoba cerca de las llamas. Tenía la cara tan llena de pecas que le daban un tono oscuro a su piel. Respiraba con dificultad y la parte izquierda de su ropa estaba llena de quemaduras.
   —Tal vez deberías ir a la enfermería —dijo él.
   Ella negó con la cabeza a la vez que trataba de suprimir un acceso de tos.
   —No, estoy bien —tragó saliva varias veces—. No podemos perder más de nosotros, ni siquiera somos suficientes ahora. El fuego está descontrolado.
   Él frunció el ceño.
   —¿Cuántos?
   —Ocho—dijo ella.
   —Hemos dejado que esto llegue demasiado lejos, tal vez deberíamos…
   —¿Qué? —otra mujer se acercaba por el pasillo—. ¿Quieres rendirte?
   —Pedir ayuda no es rendirse. La Cofradía podría también enviar algunos adeptos del agua o incluso podríamos pedirlos a la Orden del Agua misma.
   —Eso ya fue discutido en el Consejo —dijo la nueva mujer—. No podemos quedar como ineptos en nuestra propia magia.
   —Messina —dijo el hombre con calma—, no es quedar como ineptos; peor sería que esto se saliera de control y nosotros no avisáramos con anticipación.
   —Pues entonces no debemos dejar que se nos salga de control ¿no? —pasó a su lado con andar decidido y se detuvo a los pocos pasos—, ¿vienen? ¿O van a seguir descansando mientras los demás nos esforzamos?
   El hombre cruzó una mirada con la mujer pequeña y luego, ambos con movimientos lentos, siguieron a Messina de vuelta a los pasillos de lava.
   Les llevó dos días más y la ayuda de todos los adeptos poder controlar el fuego.
 
***
 
   Esa tarde, Messina había dejado los túneles por última vez y recién se había recostado en la cama cuando tocaron a la puerta.
   —¿Quién es gruñó? —sin mover los brazos que tenía sobre los ojos.
   —Tiene una visita, una joven llamada Briana.
   Messina suspiró.
   —Está bien.
   Se oyeron pasos del otro lado de la puerta y luego ésta se abrió casi con violencia. Una joven llena de energía entró en la habitación y se detuvo a los pocos pasos, aun con la mano sobre el picaporte.
   —Oh, ¿estabas durmiendo? —frunció la nariz—, es muy temprano.
   —Depende de a qué hora te levantaste —murmuró Messina.
   La joven vaciló, todavía en el umbral.
   —Dentro o fuera, pero cierra la puerta.
   Briana la cerró detrás de sí y se sentó sobre la cama, lo bastante cerca de Messina para sacudirla levemente.
   —Creí que podríamos practicar un poco, pero si estás cansada…
   Messina no contestó. Briana frunció los labios.
   —Está bien —miró alrededor mientras tamborileaba los dedos sobre la manta—. No puedo creer que solo quede una semana y ya podré ser una adepta, como tú.
   Messina gruñó.
   —Sí, ya sé, no exactamente, yo recién empezaré, me refería a que después de tantos años de estudio por fin…
   —Te irá bien —la cortó Messina.
   —¿Lo crees? —se volvió hacia ella con una sonrisa—. Las últimas prácticas fueron intensas.
   —¿Cuándo te ha ido mal?
   —Si lo pones así…
   Messina le echó una mirada rápida por debajo del codo.
   —¿Crees que yo hablaría siquiera con alguien al que considerara un inepto?
   Briana vaciló, pero luego el rostro se le iluminó.
   —A veces tienes formas muy extrañas de levantar los ánimos. —Ladeó la cabeza antes de contestar. —No lo creo.
   Messina volvió a cubrirse los ojos con el brazo. Briana se puso de pie.
   —Está bien, me voy, hoy no estás de humor.
   Messina gruñó otra vez.
   Se escuchó el ruido de la puerta, dos veces.
   —Dentro o fuera, elige.
   —¿En serio? —sonó una voz masculina y pegajosa— porque si puede ser dentro…
   Messina se incorporó, de repente llena de energía. Un hombre con profundos ojos negros estaba junto a la puerta cerrada.
   —¿Qué quieres? No puedes entrar así a las habitaciones de los adeptos.
   —Golpeé.
   —No lo escuché.
   —Tal vez estabas dormida —dijo él y dejó que su mirada vagara por la habitación.
   —Con más razón no deberías haber entrado.
   Messina se puso de pie y le bloqueó el paso.
   —Oí que tenías visitas de la Cofradía.
   Ella enarcó las cejas.
   —Cada vez enumeras más razones para no haber entrado.
   Él extendió el brazo y le acarició la mejilla. Ella reprimió un temblor desconocido del cuerpo.
   —Keir —murmuró sin poder evitarlo.
   Luego sacudió la cabeza y desvió la mirada.
   —Estoy cansada, ¿qué quieres?
   Él clavó sus profundos ojos oscuros en ella. Messina suspiró y volvió a sentarse en la cama.
   —Es solo una muchacha que está a punto de dar el examen.
   —Interesante —Keir siempre parecía estar a solo un paso de ella—. Y ¿es buena?
   Messina se encogió de hombros y luego sonrió.
   —¿Tú también crees que andaría con ineptos?
   Keir sonrió.
   —No, aunque hubo uno…
  —Él ya no importa —Messina lo interrumpió con un gesto de la mano. —No debí habértelo contado.
   Keir la continuó observando.
   —Esta joven….
   —¿Por qué te interesa tanto?
   —Soy nuevo aquí, quiero aprender.
   —No perteneces a la Orden ni a la Cofradía.
   Él no vaciló la mirada.
   —No sé por qué te hablo siquiera.
   —Claro que lo sabes —sonrió Keir—, eres una mujer inteligente.
   Messina golpeó el dedo índice contra sus labios.
   —Es solo una muchacha a punto de rendir el examen —repitió— como adepta para la Cofradía, tiene una afinidad con el fuego, como no puede ser de otra manera si pasa tiempo aquí y … —calló cuando Keir apoyó una de sus grandes manos sobre el muslo de ella.
   —Mm, tal vez…
   —¿Qué buscas?
   —Nada, solo tengo curiosidad.
   Messina entornó los ojos.
   —¿Has ido a la Cofradía alguna vez?
   Ella se encogió de hombros.
   —Todo el mundo lo ha hecho. La Cofradía —hizo una pausa—; no son tan importantes como se creen —movió la pierna para apartarla de la mano de Keir.
   Cuando él la retiró, ella vio las quemaduras en el vestido. Bufó y se puso de pie.
   —Este descontrol de los ríos me arruinó mucha ropa.
   Revisó entre los cajones.
   —Supe que ya lo contuvieron.
   Ella bufó otra vez.
   —Por supuesto.
   Cuando se dio la vuela, él seguía sentado en la cama, observándola. Ella estaba con los nuevos ropajes en el brazo.
   —Si necesitas ayuda para quitarte la quemada… —sonrió él.
   Ella lo midió con una ojeada.
   —Quiero bañarme primero.
   Abrió la puerta y esperó a que él saliera, antes de hacerlo ella.
 
***
 
   Keir se retiró a los túneles. Entró en algunos que ninguno de los hermanos de la Orden conocía, más allá de los ríos de lava más turbulentos. Se abrió camino con un gesto de la mano y se hundió en una de la grieta. La misma por la cual había salido una semana atrás.
   Los ríos lo habían seguido hasta la entrada misma entrada de la Orden. La mayoría de los hermanos se había preocupado por las llamas que comían las puertas, pero un par habían notado la llegada de un extraño. El descontrol de la magia del fuego había empezado hacía no más de un día cuando Keir había aparecido en las puertas. Si bien había dicho que era un viejo adepto que estaba estudiando las Órdenes para un libro que estaba escribiendo. No hubo forma de confirmarlo, pero el Consejo se había sentido bien al saber que habían sido la primera Orden seleccionada, sobre la cual se basarían las demás.
   Keir no había tardado en ingresar a la Orden y poco después a caminar sin problemas por todos los lugares donde quisiera. Sobre todo, porque la mayoría de los adeptos no estaban por allí.
   —No puedes estar aquí —dijo el hermano.
   Keir se detuvo. No miró al otro hombre por más de un segundo, sino que se fijó en la mujer que estaba a su lado. Ella lo observaba con los ojos entornados, intensos. Keir sonrió. Ella desvió la mirada hacia el hermano.
   —El Consejo le dio libertad.
   —No tanta —dijo el hermano con la vista clavada en Keir, quien nunca había desviado su propia mirada hacia él.
   —Es solo un paseo recreativo, no estaba fijándome hacia dónde me dirigía.
   —Claro que no —dijo el hermano y se mantuvo en el camino—, entonces no te molestará desviarte y recrearte por otro lado.
   —Yo lo llevaré —dijo la mujer y enroscó su brazo en el de Keir.
   —Messina —dijo el hermano—, tenemos otras responsabilidades.
   —¿Tú no puedes solo?
   Él apretó los labios.
   —Será solo un momento, te encontraré más tarde.
   El hermano vaciló y asintió, aunque no se movió del lugar. Messina suspiró y empujó a Keir hacia el lado opuesto.
   —La gente aquí no es muy amigable —Keir acarició el brazo de Messina.
   —Tal vez tú lo seas demasiado, aunque no puedes negar que tiene razón ¿quién no sospecharía de ti?
   Keir sonrió.
   —Tal vez un tonto. Tú no lo eres.
   —¿Y él sí?
   —Sí.
   Messina esperó a que se explayara más, pero Keir no lo hizo. Sino que la hizo girar en una de las esquinas y entrar en un pasillo angosto.
   —¿A dónde vamos? —ella miró alrededor—. No reconozco este camino.
   —Lo encontré ayer, de casualidad.
   Messina lo miró de reojo y apretó los labios, pero siguió caminando. Keir volvió a sonreír.
   —Ves, por esto tú no eres tonta como él.
   —¿Porque te sigo a lugares oscuros y alejados?
   —Porque ves más allá, a qué más puedes conocer antes de juzgar o reaccionar.
   Messina no disimuló su sonrisa.
 
***
 
   Los túneles de lava eran un caldero. Muchos de los hermanos estaban tosiendo en los costados, más allá había dos cuerpos inmóviles.
   —¡Ya era hora! —dijo el hermano y agarró el brazo de Messina para guiarla a un lago de lava efervescente, islas de fuego bullían en la superficie y parecía listo para saltar sobre cualquiera se aproximara.
   Messina retrocedió un paso y se cubrió el rostro.
   —Acércate —dijo el hermano y él hizo eso mismo—. Ya casi controlamos a este.
   —¿Controlarlo?
   —¿No crees poder hacerlo?
   Messina cambió el gesto y se arrimó con decisión. Se puso a la par del hermano e inició su manipulación del fuego.
   No tardó en empezar a sudar. La transpiración se le colaba en los ojos y comenzó a ver imágenes borrosas. Parpadeó. Le pareció ver los ojos negros de Keir a través de las llamas y sintió su aliento en el cuello. Volvió a parpadear y ya no estaba allí.
   Había quedado unos pasos atrás del hermano. Lo que fue una suerte cuando el fuego se lanzó hacia delante y lo engulló. El grito de ella se entrelazó con el de él. Miró a través de las llamas, pero solo había fuego allí.
   Se despertó en medio de la noche y su cuerpo se puso en tensión al ver que una figura se perfilaba contra su ventana, del lado interno de su dormitorio. Le llevó unos minutos relajarse.
   —Keir —murmuró.
   —¿Cuándo dejarás de tener pesadillas?
   —Yo no tuve…
   Él se volvió hacia ella, sus oscuros ojos resaltaban más que la penumbra de la habitación. Ella se estremeció y desvió la mirada.
   —Es solo fuego —prosiguió Keir—. Se supone que es tu especialidad, ¿por qué temerle?
   —No le temo, solo estoy cansada —su tono se volvió de piedra—, quiero dormir.
   Él la observó unos minutos más antes de abandonar la habitación.
 
***
   Briana regresó al día siguiente, como siempre, hecha una bola de energía.
   —¿Cómo estás hoy? ¿Mejor?
   Se echó sobre la cama y rebotó en ella. Messina estaba sentada junto a la ventana en la misma posición que Keir la noche anterior. Briana la miró y frunció los labios.
   —Parece que no. ¿Qué sucede?
   —Nada, solo estoy cansada.
   —Ayer también lo estabas ¿cuál es el problema? Los demás hermanos también lucen agotados.
   Messina inspiró.
   —La tarea de un adepto no es un juego, tenemos muchas responsabilidades, el uso de la magia a veces llega a extremos.
   —Lo sé —frunció el ceño Briana—, no tienes que ponerte…
   —Todavía no eres una adepta.
   Briana se puso de pie.
   —Se ve bien que no estás de humor.
   Messina suspiró y se volvió hacia ella.
   —Estoy cansada y tengo cosas en las que pensar.
   Briana se relajó un poco.
   —Está bien, supongo que… todos tenemos días.
   Messina apretó los puños que Briana no veía.
   —Vuelve mañana y practicaremos un poco.
   Briana sonrió y asintió.
   Cerró la puerta y marchó con decisión fuera de la Orden. Keir caminó a su sombra, pero ella no lo notó. Él la siguió hasta la Cofradía, aunque no entró por la misma puerta. Allí Briana se reunió con otra joven a la que Keir miró con interés, tampoco era adepta. La muchacha se volvió hacia Briana y una brisa húmeda llegó hasta Keir. Este sonrió y se sumergió en pasillos vacíos que no tardaron en guiarlo hasta la parte más subterránea del edificio. Ahí donde se parecía a la Orden del fuego, donde las llamas ardían.
   Keir se pasó casi toda la noche recorriendo los túneles de la Cofradía. Por donde pasara, las llamas se enervaban. Hasta que llegó a una apertura en la roca que daba al risco sobre el mar enfurecido. Aspiró el aire con fuerza y retrocedió un paso. El vapor del agua subía hasta él quien en un mismo gesto sonreía y se dejaba tomar por la repulsión. Frotó su mano por la roca, la tierra se desprendió en gotas.
   —Los cuatro —murmuró.
   La Cofradía había sido edificada en ese lugar justamente porque era donde se juntaban las manifestaciones de las cuatro magias: agua, tierra fuego y aire.
   Keir fijó la vista en el horizonte hasta que el sol salió tras las olas y después volvió a los túneles. No miraba por dónde caminaba, sino que parecía saber exactamente cómo moverse por allí. Algunos de los pasajes daban a pasillos que comunicaban con la Cofradía.
   Keir pasó allí dos días, nunca nadie lo notó. Un par de veces se animó a observar los adeptos que se movían por allí. Y hasta se aventuró más allá, hacia los pasillos de arriba, donde también estaban los aprendices. Vio a Briana y se quedó observándola. La joven parecía charlar con varias personas, aunque sin estar apegada a ninguna de ellas. Solo a una joven que parecía evitarla, y a otro muchacho que las seguía como un cachorro.
   Keir se acercó más hasta poder oír lo que decían.
   —Vamos, ven, salgamos un poco —Briana tiró del brazo de una joven.
   Ella se dejó arrastrar unos centímetros y luego se quedó firme, sosteniéndose del respaldo de la silla donde hacía unos minutos había estado sentada.
   —No, quiero seguir leyendo.
   —Lees demasiado.
   —Tenemos el examen en solo una semana.
   —Lo que lees no es para el examen.
   La otra joven se paralizó, ruborizándose. Briana sonrió.
   —¿Crees que nadie se da cuenta?
   —No es nada malo —tartamudeó.
   —Eso depende —Briana frunció la nariz—, obsesionarse con el estudio es un poco loco, ya conocemos bastante sobre la historia de la Cofradía, no necesitamos más —volvió a tirar del brazo de ella—. Vamos.
   La joven se dejó llevar, aunque sin poder evitar una última mirada al libro abierto que había dejado sobre la mesa.
   Los pasillos estaban llenos de personas corriendo de un lado a otro. Keir tuvo que retroceder a las sombras, pero siguió prestando atención a los todos aprendices.
   —Tantas opciones —murmuró y paseó la mirada por todos los adeptos más recientes. —Sin embargo, tiene que ser uno de los jóvenes.
   Pocos minutos después volvió a los túneles, los cuales pronto también se colmaron de gents. Keir se cerró una puerta tras de sí, pocos segundos antes de que pasaran por allí dos adeptos.
   —Creo… —vaciló uno—, creo que está sucediendo algo.
   —¿Algo? —preguntó la hermana a su lado.
   El hombre se había detenido frente a la puerta.
   —Siento la energía del fuego con otro… ímpetu.
   Ella se acercó a él y miró la puerta a su vez.
   —No creo que sea nada, la magia es fluctuante. Vamos debemos llegar a la reunión de preparación, los exámenes serán la próxima semana.
   El hombre tardó en despegar la mirada de la puerta, pero siguió a la adepta a través de otros túneles.
   Keir, del otro lado, sonrió. Más tarde, esa misma noche, abandonó la Cofradía para regresar a la Orden de Fuego. Allí estaban más calmados, con los ríos contenidos hacía días.
   Messina lo interceptó poco después de que entrara.
   —¿Dónde estabas?
   Keir le echó un rápido vistazo y la rodeó para seguir caminando.
   Ella se apresuró a seguirlo.
   —Keir.
   —Solo recorría por allí.
   —¿Allí donde?
   Keir desaceleró el paso, pero no contestó. Messina lo asió del codo y lo hizo detenerse.
   Él sonrió.
   —Te ves cansado.
   —Cada vez te tomas más libertades.
   Ella vaciló, soltó su brazo, pero se quedó frente a él.
   —Hace días que no te veo por aquí.
   —¿Y qué crees que eso significa?
   —Que no estuviste.
   —Tal vez solo me quedé en mi habitación concentrado en la redacción de mi libro.
   —Es extraño que digas eso —Messina bajó el tono de voz a un susurro cuando vio que unos hermanos pasaban cerca—. No sé en qué habitación te quedas y nadie parece saberlo.
   —¿Estuviste preguntando?
   Messina bufó.
   —No soy tonta. Y el Consejo tampoco. Habrán simulado que aceptaban tu historia, pero en algún momento querrán saber qué haces realmente, o que al menos cumplas con tu promesa de un libro.
   Keir hizo un gesto despreocupado.
   —Tendrán lo que quieran, tal vez más.
   —Te ves cansado —repitió Messina, con el gesto más relajado.
   —Nada que un poco de descanso no pueda reparar —sonrió—, o un poco de buena compañía.
   Messina apretó los labios, aunque parecía considerarlo.
   Keir inclinó la cabeza hacia un lado.
   —¿Acaso hay algo que quieras decirme?
 
***
 
   Era mitad de la noche y todavía estaban despiertos, ambos en la cama, mirando el techo de la habitación de Messina. Keir se movió para incorporarse.
   —¿Adónde vas?
   —A dar un paseo.
   —¿Qué puedes llegar a ver a esta hora?
   Keir sonrió.
   —Estoy seguro de que te gustaría saber.
   Ella esperó a que él saliera de la habitación para levantarse y vestirse también. Se apresuró para estar lista pocos minutos después.
   Los pasillos de la Orden estaban vacíos, pero ella parecía estar segura de donde buscar. Se internó en los túneles de lava, no tardó en encontrar a Keir sentado en una de las rocas humeantes. Ella frunció el ceño y abrió la boca, pero la volvió a cerrar sin decir nada. Keir levantó la mirada. Había un rastro de sonrisa en sus labios, pero eran sus ojos los que hablaban feroces.
   —¿Quién eres? —murmuró ella.
   —Solo un adepto más.
   —No, no lo eres, conozco a todos.
   —¿De todas las Órdenes?
   —De todas las que importan.
   Keir sonrió.
   —No conoces todo, ¿cuánto hace que estás aquí?
   —Nadie más te reconoció.
   —¿Eso importa?
   Ella vaciló, el calor trepaba a su piel. Él ladeó la cabeza.
   —¿Por qué estás aquí?
   —No es para saber quién soy que me seguiste hasta aquí.
   —¿Qué quieres? —preguntó ella y avanzó un paso y repitió: —¿Porque estás aquí?
   —Porque tengo algo que hacer, importante —negó con la cabeza—, nada que ver contigo.
   Messina apretó los labios.
   —¿Y la Orden?
   —¿Te importa?
   —Digamos que sí.
   —No le irá mal a la Orden, al menos no a la gente como tú.
   Ella se mordió el labio.
   —Necesitarás ayuda.
   Keir sonrió. Ella se irguió.
   —Pero entonces hay algo que yo necesito.
   Él enarcó las cejas.
   —Será bajo mis condiciones, no dejaré que ningún hombre vue… me use.
   Keir se levantó y se acercó a ella. Acarició su mejilla.
   —No hay necesidad de reglas, si podemos ser amigos. No vendría mal una ayuda, y estoy seguro que te puedo ser útil con él.
   Ella vaciló, pero asintió.
   —Ven —dijo Keir, y la llevó a través de la grieta.
 
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