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    Hojas_tapa




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    En los cuentos está la variedad, elije el tuyo.

No ficción

Algunos dragones no vuelan - (relacionado con Hojas)


Hojas_tapa
ISBN 978-987-02-3982-6
Editorial Dunken

Hojas de cuentos - Recopilatorio es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Recopilación de los primeros treinta cuentos publicados en el blog Hojas de cuentos.
   Cuentos breves, y cuentos dedicados a aquellos seres fantásticos imaginados por los hombres durante siglos... y más cuentos variados.

 
Hojas de cuentos - Recopilatorio

Un cuento más para Hojas

  
  ¿Quieren saber algo más del libro Hojas de cuentos sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: un nuevo cuento relacionado con los del libro. ¡A leer!
 

Algunos dragones no vuelan

 
   El tercer golpe le hizo perder el equilibrio. Una vez que estuvo en el piso, ya no pudo esquivar ninguno más: patadas, arañazos, coletazos (que eran los más fuertes), incluso algunas mordidas y quemaduras. Ni siquiera fue capaz de huir, los otros solo se cansaron de golpearlo y lo dejaron en paz.
   Una paz dolorosa y vacía.
   Cuando logró ponerse de pie, penosos minutos después, escuchó un grito: «Allí se levanta de nuevo, ¡vamos!»
   Él no intentó darse la vuelta para ver quién había sido el que dio la alarma, sino que corrió lo más rápido posible, su huida fue tan vertiginosa que casi se elevaba del suelo, aunque se cuidó bien de hacerlo.
   Encontró un hueco en una de las montañas que rodeaban su hogar y se acurrucó allí. Las alas apenas le entraban y se las maltrató bastante al ingresar; no le importó, de todas formas no las usaba mucho.
   Los demás dragones volaron cerca de su escondite sin llegar a verlo.
   «Una de las pocas ventajas», pensó a la vez que se sumergía más en la oscuridad de la montaña, como si quisiera fundirse con la roca.
   A él no le molestaba la incomodidad, siempre había vivido así; ni tampoco le fastidiaba la penumbra. Lo único que lo ponía nervioso eran las alturas. Sí, era un dragón que temía volar… no podía ser el único, ¿no?
   Si tan solo pudiera preguntarle a su familia, si tan solo tuviera una. Siempre había estado solo, desde que fuera un huevo. Una pareja del clan lo había encontrado en un hueco en las montañas mientras las recorría en busca de comida. No hallaron rastro de nada ni nadie más. El joven dragón siempre se había preguntado cuánto tiempo habrían buscado. Aun así, su infancia no había sido tan mala.
   Allí, en la noche de su escondite, podía recordarla; no tenía nada más que hacer mientras esperaba que los otros se cansaran o que la negrura de la cueva se repartiera por el mundo.
   Todo había ido bien hasta que habían subido a aquella montaña, cuando no tenía más de tres años.
   Ahora intentaba encontrar qué era lo que había ido mal: ¿que sintiera miedo? ¿que se paralizara? ¿que lo dijera?
   Estaba bastante seguro de que el problema había sido decirlo en voz alta. Tenía que haber alguien más que tuviera miedo o que se paralizara ¿no? Pero él había gritado su terror a los cuatro vientos. Se había aferrado al dragón adulto que los había llevado allí como si su vida dependiera de ello. Y en cierta forma así había sido. Con solo cerrar los ojos, podía acordarse de todo.
   El suelo se veía lejano mientras él se balanceaba desde la cumbre rocosa. Se prendió de la cola del dragón hasta que éste lo lanzó por los aires. Batió las alas con fuerza, apretó los párpados, gritó, se clavó sus propias garras y, finalmente, cayó al suelo como un bólido. Al menos esa vez no escuchó las risas.
   De regreso en el clan, le revisaron las alas y el resto del cuerpo.
   Nada mal, no hay razón para que este dragón no vuele, llévenlo otra vez a la cima.
   Y así hicieron, una y otra vez, sin que a nadie le importara lo aterrorizado que él estaba cada vez que miraba hacia abajo desde esa altura. Con el tiempo, su temor comenzó a mutar y ya ni siquiera quería alejarse del piso. Comenzó a hacérsele difícil correr sin elevarse del suelo, solo lo lograba al apretar las alas contra sus costados, con fuerza; como hacía en ese momento.
   —Tiene que estar por aquí —se escuchó una voz bañada por el viento y él se apretujó más contra la roca.
   —Ya es tarde —dijo otra voz—. Volvamos, ya lo encontraremos mañana.
   El pobre dragón suspiró.
   «¿Mañana? ¿Es que nunca se cansarán?»
   Era inútil preguntarse eso cuando ya habían pasado años desde la primera vez y todavía no se calmaban. Algunos adultos sí se habían rendido y lo ignoraban, aunque no los otros niños, ellos no se agotaban nunca.
   A medianoche salió de su escondite y regresó al lugar donde habitaba el clan. Todos dormían excepto por el vigía. Éste lo miró de reojo mientras el pequeño dragón se acercaba a los restos de comida. Su estómago dolía, pero ya le había enseñado a hacerlo en silencio. Un dragón que no volaba, era un dragón que no cazaba, que no comía más que de las sobras de otros.
   —Pronto serás un adulto —le dijo el vigía sin mirarlo y a él se le endurecieron las escamas—, ¿y qué harás? Un dragón adulto no alimenta a otro a menos que sea su pareja o que esté enfermo —se rio—, ninguna dragona te querrá.
   El dragón bajó la cabeza y vaciló frente a la comida, su estómago se le acalambraba.
   —Come ahora que puedes —dijo el otro por lo bajo, con una nota de desprecio en su voz.
   El pobre dragón dio unos pocos bocados y se fue lo más pronto que pudo.
   «Tiene razón, ¿qué voy a hacer entonces? ¿Llegarán a olvidarlo? ¿Cuándo me aceptarán? ¿Podrán hacerlo?»
   La mañana llegó y sus acosadores lo encontraron antes de que él despertara.
   —Vuela para huir —rieron.
   Los siguientes días fueron casi iguales: correr y esconderse durante el día; comer durante la noche, lo que pudiera conseguir.
   «Son rachas —se dijo a sí mismo—, ya pasará, siempre pasa.»
   Sin embargo, esta vez tardaba más que de costumbre, tal vez porque ya se aproximaba la época en que el clan debía agruparse y pasar más tiempo juntos. Llegaba la temporada en que los hombres iban a cazar cerca de sus bosques. Los dragones no se acercaban a los humanos, hasta él lo sabía. Los humanos era la única especie que les temía, y que aun así los atacaba.
   Una mañana estaba tan cansado, preocupado y hambriento que no pudo evitar a sus acosadores a tiempo. Los golpes lo persiguieron durante su huida por la montaña hasta que cayó por una de sus laderas hasta el fondo. El agudo dolor en el costado acudió a él apenas tocó el piso. Se había roto una de las alas. Los demás dragones cayeron sobre él y comenzaron a patearlo y morderlo.
   —¡Ya basta! —dijo una voz, uno de los dragones adultos.
   El joven dragón no escuchó nada más. El cielo se oscureció y ya no hubo otros sonidos. Se despertó en una de las grandes cuevas que usaban para descansar. Tenía el ala rota envuelta en varias hojas de planta y recubierta de una pasta pegajosa. Intentó incorporarse.
   —Todavía no—cacareó una voz. Un dragón arcaico arrastró sus patas hacia él—, es demasiado pronto, tu ala curará en una semana.
   —¿No está rota? —el joven preguntó con timidez.
   El viejo lo miró con ojos de piedra. Echó fuego por la boca. —No está rota, hijo, solo un esguince. Lamento que no sean buenas noticias.
   El joven dragón bajó la cabeza.
   —Yo no…
   —Todos lo sabemos, muchacho —escupió unas chispas—. Deberás curarte de ese temor, los dragones tenemos alas para volar.
   Lo dejaron recuperarse durante esa semana, por un tiempo pudo comer y dormir tranquilidad. Aunque sabía que no duraría. Cuando salió de la cueva, en una luminosa mañana, se encontró con todos los jefes del clan.
   —Llegó la hora —dijo el que estaba a cargo, un gran dragón verde musgo, de ojos violeta—. O dejas esta tontería de no volar o deberás irte.
   Él miró hacia todos lados. El dragón arcaico agitó la cabeza y echó fuego a un costado. El vigía lo observó con fijeza.
   —Inténtalo —rugió.
   El joven dio un salto hacia atrás.
   Si bien ya sabía lo que iba a pasar, lo intentó de todos modos. Esa vez fueron varios los dragones que lo acompañaron hasta la cima. El pobre dragón miró hacia abajo, las mismas rocas que habían lastimado su ala. Podía escuchar las risas de los niños que no estaban allí.
   —Vamos, hazlo —rugió la orden a su espalda.
   El joven dragón cerró los ojos y saltó. Batió las alas con fuerza, sintió que se desplomaba. Abrió los ojos por un instante y el terror lo envolvió. Las alas se le quedaron tiesas y cayó en picada; sin embargo, antes de que tocara el piso, el gran dragón verde lo sostuvo y lo llevó a tierra a salvo.
   —Debes irte —le dijo sin mirarlo y volviéndole la espalda—, ya no perteneces al clan.
   El dragón se quedó inmóvil durante mucho tiempo, antes de dar la vuelta y caminar con lentitud hasta el bosque.
   Durante las siguientes semanas intentó acercarse a otros clanes, pero la mayoría lo repelían apenas lo avistaban.
   —Ahí viene el dragón que no puede volar.
   Cada vez estaba más flaco. Le costaba conseguir presa donde los hombres cazaban, ellos eran muchos y arrasaban con todo. Además, también debía ocultarse de los humanos y su color azul metálico no le ayudaba a hacerlo.
   En último lugar, tuvo que alejarse de los bosques y de los principales clanes de dragones. Caminó sin pausa cerca de la cordillera, ya tenía tan poca fuerza que no podía correr y mucho menos intentar volar. Al menos ya no tenía que preocuparse por eso.
   Encontró un clan al que parecía no importarle, y se quedó con ellos unos días hasta que descubrió que su afición eran las peleas. Lo obligaron a participar y al perder miserablemente, lo echaron también de allí.
   Siguió caminando hasta que ya casi no se cruzaba con otros seres vivos. Se cansó de comer ratas, serpientes y otros pequeños animales y, al final, decidió que no valía la pena. Subió a la montaña más alta y se acercó al precipicio. Podía sentir el viento queriendo llevárselo. Cerró los ojos y apretó las alas contra sus costados. Dio un paso al frente y se le abrió un ojo. El temor lo embargó.
   —No, ni siquiera esto puedo hacer.
   Pasó casi toda la noche ahí, mirando el suelo metros y metros por debajo, temiendo hacer cualquier movimiento. ¿Y si cayera? Sabía que no lograría volar, le aterraba saberlo.
   De madrugada, cuando el mundo alcanza su mayor quietud, bajó con lentitud la montaña. Le costó mucho más que haberla subido. Había dejado algo allí, todavía no sabía lo que era. Se encontraba débil y cansado, varias veces casi cayó rodando y a duras penas pudo sujetarse con sus garras. Llegó a la parte baja de la ladera cuando el sol estaba en lo alto. Recorrió la base de la montaña en lo que quedaba del día. Encontró varios huecos que le valdrían, estaba tan delgado que tenía muchas opciones, era otra ventaja de su situación.
   Al final, se decidió por una pequeña apertura llena de humedad. Era más probable que allí encontrara agua, y donde había agua también habría algunos animales. La magra comida que se había convertido en algo habitual para él. Se internó lo más que pudo en los túneles y encontró lo que buscaba.
   «Por lo menos hay algo que hago bien —pensó mientras daba unos pocos y lentos bocados—, sé cómo y dónde esconderme.»
   Se quedó allí durante el resto del día y los siguientes.
   A medida que recorría las entrañas de la montaña se encontraba más a gusto. Encontró más comida y una fuente permanente de agua. No era mucho, pero mantenerse delgado le permitía moverse por la mayoría de los túneles. También encontró piedras de colores, algunas eran de lo más duras, aunque lo que más le gustaba era cómo brillaban. Le recordaban la luz del sol. Allí veía muy poco de ello. Solo en el centro de la montaña había un orificio muy lejano y un trozo de cielo. Juntó allí todas las piedras que encontraba, donde la poca luz las hacía destellar cada tanto. Asentó su hogar allí mismo, en el corazón de la montaña. Cada tanto recorría los túneles por comida y agua, y siempre regresaba con más tesoros para su morada.
   Un día, semanas después, se dio cuenta de que era bastante feliz. No extrañaba el clan, ni extrañaba los días, solo le bastaba estar allí dentro, protegido, rodeado de sus tesoros. Ese día trepó hasta lo más cerca que pudo del orificio y gritó su alegría a los cuatro vientos. Por fin había encontrado su hogar, dentro de esa montaña. Gritó y gritó y rio como hacen los dragones, esparciendo fuego todo alrededor.
   Dice la leyenda que ese fue el primer volcán en hacer erupción. Con los años siguieron otros, pocos con tanta fuerza. Algunos dicen que se trata de dragones viejos que, en vez de entregarse a las alturas en el momento de despedida, se acurrucan entre las rocas. Otros, que incluso hubo dragones jóvenes que, por curiosidad, conocieron al pobre dragón y se enamoraron de las gemas y de la libertad de no tener clan, de poder tener su propia montaña sin tener que estar volando por allí. A veces unos se aventuran fuera a comer y algunos hombres dicen haberlos visto, pero nadie lo sabe de verdad.
   
¿Les gustaría adivinar con cuál cuento se relaciona? Aquí un hay listado.

 
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