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    Los fantasmas que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean.

    Ellos querían una nueva vida, pero los fantasmas están siempre ahí.
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    Castillo_tapa




    Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.

    La historia es cíclica y atemporal, nadie sale del Castillo.
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    Hojas_tapa




    Ella contaba con los dedos de los pies.

    En los cuentos está la variedad, elije el tuyo.

No ficción

Paula y Juan (precuela Fantasmas)


Fantasmas_tapa
ISBN 978-84-686-6400-2
Editorial Bubok

Fantasmas es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Una mudanza puede ser el comienzo de una nueva vida, en más sentidos de los que uno se imagina. Seis cuentos, tres hombres y tres mujeres narran su historia, una casa vieja y desocupada, ¿cuántos fantasmas? Solo los que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean.

 
Fantasmas

Otro cuento de Fantasmas


   ¿Quieren saber algo más del libro de cuentos Fantasmas sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la precuela. Se trata de un breve cuento ambientado un poco antes de los otros del libro. ¡A leer!
 

Paula y Juan

  
   Ramón estaba terminando de pintar la última pared del comedor cuando sonó el teléfono. Se detuvo, con los hombros tensos, sin darse la vuelta, y aguardó hasta que terminara de repiquetear antes de seguir pintando.
   Ya estaba avanzada la tarde y pronto comenzaría a anochecer. Aunque la puerta que daba al patio estaba abierta, él no había mirado ni una sola vez en esa dirección. La brisa apenas alcanzaba para aminorar el olor a pintura.
   Había estado trabajando sin descanso durante dos semanas. Un solo hombre para arreglar una casa que ocupaba casi toda una esquina. Tenía el rostro pálido, las mejillas enjutas y los ojos rojos, pero no dejó de pintar hasta que terminó con la pared.
   Entonces se sentó en el medio de la habitación vacía; los muebles estaban apilados en el patio, el patio al cual él no miraba.
   En ese momento volvió a sonar el teléfono. Ramón pegó un salto y, si bien vaciló, esa vez sí lo contestó. Puso el auricular junto a su oreja y esperó. Del otro lado de la línea se escucharon varios resuellos antes de que la persona se decidiera a hablar.
   —¿Estás seguro? —dijo por fin una voz de mujer.
   —Sí —susurró Ramón—, ya no puedo vivir más aquí, estoy cansado.
   —Esa casa será siempre tuya, y tú eres de ella; esas cosas no se abandonan como si nada.
   —Lo sé.
   Pasaron varias respiraciones antes de que la mujer inspirara con fuerza.
   —Tengo que preguntártelo una vez más. ¿Estás seguro?
   —Ya no estoy seguro de nada —murmuró Ramón y cortó.
   El teléfono no volvió a sonar.

***

   Una semana después, una pareja se mudaba a la casa. Eran jóvenes y sin hijos, tal vez esperaban poder formar una familia allí. Ramón los recibió, les mostró la casa y les ofreció cualquier ayuda que necesitaran con arreglos u otras cosas. Ellos se lo agradecieron y, casi al instante, le pidieron que regresara para la mudanza.
   —Hay muchos muebles ya —dijo ella mientras recorría el comedor—. No sé si entrarán todos los nuestros.
   El marido rio con ganas.
   —Claro que sí, esta casa es enorme. De todas maneras, si no te gustan, podemos sacar algunos.
   —Si puedo comentar algo —dijo Ramón con la mirada baja—, los muebles son casi tan viejos como la casa, tal vez podrían pensarlo un poco antes de deshacerse de ellos.
   El marido lo miró, pensativo, y luego se acercó al tocador junto al cual estaba su mujer.
   —Tiene razón —pasó un dedo por el mueble—, son antiguos. ¿Por qué no vemos primero cómo queda todo?
   Ella se miró en el espejo.
   —Bueno, no me molestaría quedarme con este —sonrió.
   —Mujeres —el marido le guiñó un ojo a Ramón.
   Éste asintió y siguió ayudando con el resto de los muebles.
   —Paula, tráele un vaso de agua al muchacho, está haciendo mucho calor hoy.
   —Claro —dijo ella y agitó las manos como si se las estuviera secando—, ¿qué clase de anfitriona soy? Ya traigo algo de beber.
   —Ven —le dijo él a Ramón a la vez que le hacía señas—, siéntate a descansar un poco.
   Ramón se sentó en el borde de una silla, sin dejar de mirarse las manos.
   —¿Naciste en este barrio?
   —Sí, señor.
   —Tus padres están por aquí.
   —Fallecieron, señor —la voz de Ramón adelgazó como un hilo.
   Paula, que en ese momento regresaba con una bandeja y tres vasos con agua y hielo, le hizo un gesto a su marido.
   —¡Juan!
   —Perdón —él se removió, bastante incómodo—, ¿cómo podía saberlo?
   —No se preocupe, señor —Ramón aceptó el vaso y lo sostuvo con ambas manos—, no conocí mucho a mi madre, ella falleció durante el parto.
   —Oh, eso es terrible —Paula estiró el brazo hacia Ramón y apenas la rozó el hombro antes de retirar la mano con rapidez y cubrirse la boca con ella.
   —Es a mi padre a quien más extraño —Ramón levantó la mirada y la dejó perdida contra la pared.
   La pareja se miró el uno al otro. Poco después, Ramón sacudió la cabeza y tomó un solo sorbo de agua, antes dejar el vaso.
   —No debo molestarlos con mis problemas. —Se puso de pie—. Esos muebles no se moverán solos —esbozó una sonrisa antes de unirse a los hombres de la mudanza.
   —No es molestia —murmuró Paula, aunque su marido se veía notablemente más relajado. —Pobre, muchacho —agregó en voz todavía más leve.
   —Hay tragedias por todos lados —Juan se tomó todo el vaso de un trago—, pero hoy no nos podemos preocupar por eso, ¡hoy es nuestro día!
   El rostro de ella se iluminó.
   —El primero de muchos.
   Por la noche, la mayor parte de los trastos estaba acomodada. Si bien no quedaba ninguna pared libre, tampoco sobraba ningún mueble.
   —No lo sé —dijo ella con ojo crítico—, tal vez no haya que sacar ninguno. ¿Qué piensas? Veremos qué dice mamá.
   Juan apretó los labios un momento.
   —¿Cuándo viene?
   —¡Mañana!
   Él vaciló.
   —¿Y tus hermanas?
   —¡Mañana! —Sonrió. —No te preocupes, no se quedarán más de una semana.
   —¿Una semana?
   Ella le dio un beso ligero y volvió a sonreír.
   —Pasará rápido, además tú no estás aquí la mayor parte del día. Valdrá la pena cuando veas todo ordenado, ya verás.
   —Una semana —suspiró él—, no parece que haya tanto para ordenar.
   —Te sorprenderías.

***

   —No lo sé —la madre entornó los ojos y frunció los labios—, parecen demasiados muebles; sin embargo, no tiraría ninguno de los antiguos, ¡ni de los que te regalamos tu padre y yo!
   —Definitivamente, tienes que quedarte con ese tocador —dijo una de las hermanas.
   —Por ahora me quedaré con todos —decidió Paula—, ya habrá tiempo más adelante para sacar alguno.
   —Bien dicho, hija, ahora, ¡a ordenar!
   —Mi primera casa —sonrió Paula—, ¿lo crees?
   La madre sonrió a su vez y la besó en la frente, pero no contestó, tenía los ojos húmedos. Las cuatro mujeres se dividieron las tareas, aunque no dejaban de cruzarse unas con otra y tropezarse con los muebles y las cajas.
   —¿Dónde va esto? —preguntó la menor de las hermanas con la nariz fruncida, ya avanzada la tarde.
   —Son para cocinar —enarcó las cejas Paula—, algo que deberías aprender a hacer algún día. Ponlo en los cajones de allí abajo.
   La hermana bufó antes de obedecer.
   —¿Por qué los cambias de lugar? —dijo la madre que entraba en la cocina.
   —¿Qué cosa? —preguntó Paula.
   —Los encontré tirados en el pasillo —se encogió de hombros la hermana cuando vio que la madre la miraba a ella.
   —Qué raro, estaba segura de que ya lo había guardado —vaciló un momento y sacudió la cabeza—. No importa. Deberíamos empezar a cocinar, ¿no llegará Juan pronto?
   Paula miró el reloj de la pared.
   —Uy, sí, en menos de una hora.

***

   La madre y las hermanas se fueron al terminar la semana. Por fin Paula y Juan pudieron relajarse en su propia casa. Estaban sentados en el comedor, después de cenar, con la ventana del patio aún abierta. La brisa corría con pereza alrededor de la habitación.
   —¿Qué piensas? —preguntó Juan.
   —Que nos quedaremos con todos, no quiero deshacerme de ninguno.
   Él acarició la cabeza de ella con un leve beso.
   —Como quieras, eres la dueña de casa.
   Paula sonrió.
   —¿Sabes qué podríamos hacer? —se iluminó ella—, podríamos invitar a tu jefe y su mujer a una cena. O tal vez a ellos y unos cuantos compañeros, no muchos, a una pequeña fiesta.
   —Me parece bien, ya es hora de que alardee un poco de mi hermosa mujer y de la casa en la que vivimos.
   —Perfecto —sonrió Paula— podemos hacerlo el fin de semana que viene, ¿preguntarás?
   —Mañana mismo lo hago.
   Se levantaron del sofá para ir a la cama poco después. Ella se desvió un momento para guardar en la cocina unos platos que encontró en el comedor. Se apresuró a alcanzar a su marido.
   —No se termina nunca de ordenar —sonrió.
   Él no dijo nada, la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.
   Un par de días después, cuando regresó de trabajar encontró a Paula en el patio con Ramón.
   —Hola, querido —lo saludó con un rápido beso—. Aquí Ramón me va a ayudar con una idea fabulosa.
   Ramón bajó la mirada para someterse al escrutinio de Juan. Paula parecía no haberse dado cuenta.
   —Vamos a construir un jardín en el patio. ¿No es maravilloso?
   Juan vaciló antes de reír.
   —Ramón —palmeó al joven en el hombro—, no debes sucumbir a todas las locuras de mi mujer.
   —No es tan difícil, señor. Solo hay que sacar unas cuantas baldosas allí cerca de la pared, hay tierra debajo. Tal vez traer un poco más y construir algo que la contenga.
   Juan miró el piso con dudas.
   —¿Estás seguro?
   —Sí, señor, ya lo hice en otras casas.
   —Entonces confiaremos en ti —volvió a palmearle la espalda—, pero nada demasiado grande.
   —No será más que un pequeño jardín —sonrió Paula con entusiasmo—, ya verás.  
   Poco después disfrutaban de un pequeño pedazo de verde en el patio. Y entonces aparecieron unos arreglos que necesitaba el techo, algunos en la cocina, otros en el baño, un nuevo estante para el cuarto de visitas.
   —Está siempre aquí —murmuró Juan unas semanas después cuando entraba a su habitación al llegar del trabajo.
   —¿Quién? —Paula ya estaba en la cama.
   —Ramón.
   —Es que me da pena, está solo y estos arreglos le dan de comer.
   —No debes mal acostumbrarlo, hay otros vecinos en el barrio.
   —Lo dejaré de a poco —suspiró Paula.
   Juan la miró con atención por primera vez desde que llegara y frunció el ceño.
   —¿Por qué estás en la cama? —se volvió para mirar hacia la puerta que llevaba al comedor, donde Ramón todavía merodeaba.
   —Vine a acostarme cuando te dejé hablando con él —dijo ella, algo tensa. Él frunció los labios. Abrió la boca y volvió a cerrarla.
   —¿Por qué?
   —Estoy algo mareada, nada más.
   Juan vaciló y se le relajó el gesto un poco.
   —¿Quieres que llame al médico?
   —No, no —negó ella con la cabeza—, en verdad no es nada. Dejé la comida preparada, solo hay que calentarla.
   —Ya lo haré yo —Juan se puso en camino.
   —¿Cariño?
   —¿Sí?
   —¿Puedes llevarte esas ollas? No sé por qué están aquí, nunca parecen quedarse en la cocina.
   —Las cosas no se mueven solas.
   Juan otra vez miró de reojo hacia el comedor.
   —Él nunca toca nada —dijo Paula—, es muy respetuoso.
   —Bien, traeré la comida.
   Cuando llegó a la cocina, Ramón esperaba junto a la puerta de salida.
   —Será mejor que me vaya por hoy, señor.
   —Estoy de acuerdo, muchacho, tienes que descansar también.
   Ramón asintió. No parecía haber escuchado su conversación, aunque tampoco preguntó por la señora.
   Esa noche comieron en la cama. A la mañana siguiente, Paula no se sentía mejor.
   —Llamaré al médico —dijo Juan con decisión y sin esperar respuesta.
   Una hora después, estaba caminando de un lado a otro en el comedor, a la espera del diagnóstico. Entonces sonó el timbre. Abrió la puerta con un gruñido.
   —Hoy no, Ramón —dijo Juan sin dejarlo pasar.
   —Está bien, señor, cuando usted me diga.
    —Paula necesita descansar.
   Recién había terminado de cerrar la puerta cuando el médico apareció en el comedor. Juan se apresuró a llegar a su lado.
   —¿Cómo está?
   —Nada que no se solucione en unos meses —sonrió el médico—, pero entonces tendrá otros problemas.
   El hombre esperó con paciencia hasta que Juan comprendiera.
   —¿En serio? —gimió éste con voz chillona.
   —Estoy seguro.
   —¿Y es normal que se sienta así?
   —Algunas mujeres deben guardar reposo durante los primeros días. Tal vez le iría bien tener a una de sus hermanas o a su madre con ella, por unos días. Todo irá bien.
   —Gracias, gracias —Juan acompañó al médico a la puerta antes de volver presuroso al dormitorio.
   La madre volvió a los pocos días y se quedó otra semana. Juan lo aceptó de buen grado ya que se ocupaba de todo en la casa además de cuidar de su hija, incluso de la comida.
   —Es impresionante cómo se desordena la cocina —dijo la madre al llevarle el almuerzo un día a su hija—. Siempre encuentro algo dando vuelta por algún otro lado, ¿cómo puede ser?
   —No sé, mamá, tal vez haya demasiadas cosas —se acarició la panza—, y pronto habrá más.
   Cuando la madre se fue, Paula ya había vuelto a levantarse de la cama y andaba por la casa con cautela. Ramón volvió poco después para terminar los arreglos.
   —¿Sabes la buena nueva? —preguntó Juan—. Pronto tendremos que armar la habitación del bebé.
   —Felicidades, señor, señora —Ramón mantenía la mirada baja.
   Durante los siguientes días, Ramón fue una compañía constante para Paula. Ella se animaba cada vez a moverse más.
   —¿Cómo puede una casa desordenarse tanto? —preguntó Paula a la vez que iba a la cocina—. Siempre encuentro las cosas de la cocina por toda la casa y juro que…
   Ramón, que estaba en el comedor, se quedó quieto.
   —Y juro que —continuó Paula con la voz más débil— a veces me parece que los muebles del comedor se mueven de lugar. ¿Ramón?
   —Sí, señora.
   Se oyó un fuerte golpe en la cocina y Ramón corrió hacia allá. Paula estaba en el piso. Él se arrodilló a su lado y al instante se levantó y fue a buscar a la vecina.
   Dos horas después, el médico estaba en la casa. Juan caminaba de un lado a otro. La vecina estaba en el dormitorio y Ramón en el comedor.
   —¿Cómo está? —se apresuró Juan cuando vio al médico aparecer con gesto serio.
   —Ella estará bien.
   —¿Y el bebé?
   El médico negó con la cabeza con lentitud. Juan se dejó caer en el sofá y se llevó las manos a la cabeza.
   La pareja quedó sola durante unas noches, antes de que la madre volviera para quedarse, en principio, otra semana más. La casa estaba cada vez más desordenada.
   Ramón apareció un día con un ramo de flores.
   —Es para la señora —dijo sin levantar la vista—, espero que mejore pronto.
   —Gracias —la madre tomó las flores en sus manos—, eres muy amable.
   Estaba poniéndolas en agua cuando apareció Juan en la cocina.
   —¿Quién era?
   —Un muchacho, con unas flores para Paula —la madre sonrió—, muy tímido.
   Juan apretó los labios y entornó los ojos al mirar las flores.
   —Ramón —murmuró—, es el que estaba con Paula cuando… cuando…
   La madre le apretó el hombro y asintió, compartieron un momento de silencio.
   —Parece un buen muchacho.
   —No lo sé —se alejó Juan—, parece, pero estaba siempre acá.
   —¿Crees que…?
   —No sé qué pensar.
   —Paula me dijo que cuando se sintió mal estaba en la cocina, aquí —la mujer acarició la mesada— y Ramón, en el comedor, que fue una suerte que él estuviera en la casa.
   —Sí, supongo —dijo Juan y salió de la cocina.
   A la semana, la madre se levantó a medianoche para ir al baño y vio a su hija parada en el medio del comedor.
   —¿Paula? ¿Estás bien?
   Ella se dio la vuelta, parecía desconcertada y tenía la mirada perdida.
   —¿Paula? —la madre se acercó para tomarla de los brazos—. ¡Estás congelada!
   Paula volvió a la vida.
   —Sí, lo siento —se dejó llevar por su madre hasta el sofá—, me pareció ver que se movía algo en el comedor.
   La madre miró alrededor, el lugar estaba bastante desordenado.
   —No lo sé, tal vez Juan corrió algunas cosas, ha estado muy nervioso estos últimos días —frunció el ceño al ver la puerta que daba al patio abierta—, ¿tú la abriste?
   —No — Paula se demoró en las palabras— estaba así cuando llegué.
   La madre se levantó a cerrarla. Cuando volvió al sofá, envolvió a su hija en su propio deshabillé.  
   —No te preocupes, hija. Todo estará bien.
   Paula apoyó la cabeza en el hombro de su madre y se quedaron allí unas horas antes de volver a sus respectivos dormitorios. Cuando se pusieron de pie, la madre tembló. Se volvió hacia la puerta, estaba abierta otra vez. Vaciló.
   —Debe de estar mal la cerradura —dijo y volvió a cerrarla, cuando regresaba con su hija, tropezó con una silla.
   —¿Estás bien, mamá?
   —Sí, sí —corrió la silla a un lado—, solo tengo un poco de sueño, vamos a dormir.
   Al día siguiente, llamó a Ramón para que arreglara la puerta.
   —Yo podría haberlo hecho —dijo Juan.
   —Tú trabajas todo el día, deja que me encargue, estaremos bien.
   —La ajusté, señora, pero no creo que haya nada más que este mal con ella, ¿quiere probarla?
   La madre dejó a Juan en la cocina, junto con la comida que había estado preparando, y fue hacia el comedor. Se detuvo a los pocos pasos.
   —¿Tú corriste esa silla?
   —No, señora, no toqué nada.
   La madre vaciló antes de continuar y empujar la silla a un lado.
   —Siempre se corre, debe de haber un desnivel en el piso —se acercó a la puerta y la probó—. Parece estar bien, Ramón, gracias. Creo que mi nuero y tú tienen un arreglo, ¿no?
   —Sí, señora, no se preocupe.
   —¿Cómo está la joven señora?
   La madre echó un vistazo al dormitorio. Suspiró.
   —Estará bien, aunque ella no lo crea.
   A las pocas semanas, la madre se fue y Juan y Paula volvieron a quedarse solos. De a poco, cada día, ella salía un poco más de la cama. Juan se alegraba de verla más animada, aunque aún caía en algunos lapsos de mirada perdida.
   La casa seguía cada vez más desordenada. Juan lo arreglaba sin decir nada. Una noche se despertó y Paula no estaba en la cama. La encontró en el comedor, sentada frente al tocador, murmurando por lo bajo.
   —¿Qué haces aquí? ¿Con quién hablas?
   Paula no se dio la vuelta. Juan se acercó para tocarle el hombro. Dio un paso hacia atrás cuando le vio el rostro que, por un segundo, no se pareció al de su esposa.
   —¿Paula?
   Ella pestañeó con fuerza.
   —¿Qué pasa?
   —¿Qué haces aquí en medio de la noche? —reprimió un escalofrío y vio la puerta del patio abierta. Se acercó a acerrarla. —No deberías abrirla de noche.
   —Yo no lo hice —murmuró ella.
   Él la ignoró y se agachó a recoger una olla.
   —Y tienes que parar con esto de dejar las cosas de la cocina por toda la casa —añadió con irritación.
   —Yo no soy.
   Juan alzó la mirada. Paula había adelgazado varios kilos y se veía muy frágil vestida solo con el camión. Dejó la olla sobre el sofá.
   —Ven, vamos a acostarnos.
   No habían dado dos pasos cuando una brisa congelada los envolvió. Juan se dio la vuelta.
   —Ramón lo tendría que haber arreglado —se acercó a zancadas y cerró otra vez la puerta.
   —¡Cuidado! —susurró Paula cuando su marido se daba la vuelta y se llevaba la silla por delante.
   —¿Qué es esto? —él la esquivó de último momento y pateó la olla—. ¿Tú la pusiste aquí?
   No obstante, Paula no se había movido de la otra punta de la habitación, lo que Juan confirmó al alzar la vista.
   —Vamos —dijo sin mirar nada más—, mañana llamo a Ramón.

***

   —No le veo nada malo —dijo el muchacho.
   —Yo tampoco —inspiró Juan—, pero por algo se abre sola.
   —Tú lo sabes, Ramón, ¿no? —dijo con debilidad Paula desde el sofá—. Todo el barrio lo sabe. Siempre murmuran a mis espaldas.
   —Querida, está bien, la gente siempre habla, no te preocupes.
   Ramón se había mantenido callado. Paula miraba el tocador. La silla se arrastró por el piso.
   —¿Qué fue eso? —Juan se levantó de un salto. Ramón se puso pálido y dio un paso atrás. —Tú sabes algo.
   —No, señor.
   —Por favor —suplicó Paula—, ayúdanos.
   —No puedo —Ramón evitó su mirada y salió corriendo.
   Juan intentó pararlo, pero tropezó con unos platos en el suelo.
   —¡Maldición!
   —Todos lo saben —murmuró Paula—, siempre lo supieron.
   —¿De qué hablas? —se exasperó Juan.
   En ese momento la puerta del patio se abrió.
   —No estamos solos en la casa —musitó ella.
   Los muebles se agitaron. Paula no se movió del sofá mientras Juan daba vueltas a su alrededor.    
   Unos meses después, la casa estaba vacía, excepto por los muebles.
   —Una desgracia, una pareja tan joven —decían los vecinos—, aunque eran algo raros.

¿Sabías que todos los cuentos tienen como título un nombre propio? Aquí puedes ver el listado. Y sí, fue intencional. Esta vez dudé y puse ambos, ¿crees que tendría que haber sido solo el de ella?

Los fantasmas que se llevan consigo, los que se encuentran y los que se crean. Twittea
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Sellado (relacionado con Castillo)


Castillo_tapa
ISBN 978-987-02-7303-5
Editorial Dunken

Cuentos del Castillo es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.
   Las historias que se entrelazan en estos cuentos narran la vida de un castillo que se desvaneció en la bruma del olvido.
   Sus personajes recorren diferentes etapas de un viaje que no deja de repetirse.

 
Cuentos del castillo

Otro cuento en el Castillo


  ¿Quieren saber algo más del libro Cuentos del Castillo sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: un nuevo cuento relacionado con los del libro. ¡A leer!
 

Sellado

  
   —No entiendo qué es este manuscrito.
   —Nadie lo hace, ese no es el punto —ella bajó el volumen de su voz—, lo importante es para qué sirve.
   Él se alejó de la mesa y se frotó los ojos.
   —¿Y para qué sirve?
   Ella se sentó a su lado, una pierna sobre otra y el brazo sobre el respaldo de la silla.
   —Bueno, no sé exactamente, creo que, de alguna forma, es como si contuviera todo lo que sucede a su alrededor.
   Él se encogió de hombros.
   —¿Qué puede tener eso de especial?
   —Que lo hace solo.
   Él volvió a inclinarse sobre el manuscrito.
   —Nada hace nada por sí solo a menos que esté vivo o tenga magia.
   Ella puso los ojos en blanco.
   —Es obvia la razón en este caso.
   —Tal vez; aun así, sigue sin ser especial ¿para qué querría uno registrar todo lo que ocurre en un solo lugar? —levantó el pergamino con dos dedos y volvió a dejarlo sobre la mesa—. No veo la utilidad, hay mejores y mayores magias que investigar; por ejemplo, cómo fue que el grupo de último año invocó a ese demonio.
   Ella se acercó más a él, aunque estaban solos en la biblioteca. Era un lugar lúgubre, al igual que el resto del castillo. Frío y húmedo, lo que mantenía las páginas de los libros gomosas y casi con la consistencia de un elástico.
   —¿Y no pensaste que esto podría grabar lo que hagan —susurró—, para que luego tú lo leas?
   Él la miró con lentitud y sonrió de a poco.
   Tomó el manuscrito otra vez en sus manos para mirar las palabras que se desvanecían. Se cuidó de que sus dedos no tocaran las letras. Allí aparecía escrito lo que acababan de conversar.
   —No dura mucho —frunció el ceño hacia los espacios ya vacíos.
   Ella se acomodó en la silla y frunció los labios.
   —Tiene que haber algo que podamos hacer.
   —¿Cómo qué?
   Ella se encogió de hombros.
   —¿No hay un hechizo para detener el tiempo?
   Él enarcó las cejas.
   —¿Estás hablando en serio? ¿Sabes lo difícil que es eso? El tiempo no lo ves, sin embargo, lo rodea todo, es como el aire.
   —Pero no tenemos que detenerlo todo —se entusiasmó ella—, ni siquiera hace falta detenerlo, solo retardarlo alrededor del papiro, para que dure un poco más.
   Él volvió a mirar al papel con atención.
   —Creo que sí, déjame que lo piense, tengo que comprobar algunas cosas.
   —Está bien —dijo ella y le sacó el manuscrito de las manos a la vez que se ponía de pie—. Tengo una clase.
   —Espera…
   —Yo lo encontré —dijo ella y guiñó un ojo antes de darse la vuelta e ir hacia la puerta.
   Él se quedó sentado un rato más, pensativo, antes de tomar algunos libros de los estantes e ir a su habitación. No tenía clases hasta la mañana siguiente.
   Volvieron a encontrarse al otro día, por la tarde. Esa vez lo hicieron en uno de los salones vacíos.
   —Esto es lo que quiero intentar —dijo él mientras le hacía señas para que se acercara a la olla desde la cual salía un humo espeso de un tupido color gris.
   Ella lo hizo, arrugando la nariz.
   —¿Qué es eso?
   Él seguía moviendo el líquido burbujeante.
   —Es lo que hablamos, detener el tiempo —se encogió de hombros—; en realidad, demorarlo un poco.
   Ella dio un paso atrás.
   —No voy a sumergir el papiro allí, no lo voy a perder.
   —No tienes que sumergirlo —él frunció el ceño—, ¿acaso no aprendiste nada?
   Ella entornó los ojos.
   —Sabes que voy unos años detrás.
   Él volvió a encogerse de hombros.
   —Creí que ya lo sabías. No importa —hizo un gesto—; el líquido es irrelevante, es el humo lo que se usa.
   Ella se tapó la cara con la mano.
   —¿El humo?
   —No te preocupes, no es tan concentrado ni hay tanta cantidad como para afectarnos a nosotros. Acércate.
   Ella lo hizo con poca decisión y se sentó a su lado, en una silla libre. Miró de reojo a la puerta que había dejado abierta.
   —No vendrá nadie hasta dentro de una hora. —Le dio unas pinzas. —Ten, sostenlo sobre el humo.
   Ella apretó los labios, sin tomar las pinzas.
   —La humedad le hará daño.
   Él suspiró.
   —Tú quisiste probar esto. —Ella todavía vacilaba. —No le pasará nada. Si sobrevivió en este castillo apestoso, un poco de humo no le hará nada más.
   —Es que estuve pensando.
   —¿En qué?
   —¿Qué gano yo?
   Él casi dejó de revolver.
   —¿Qué dices? ¿Acaso me estás…? —se mordió el labio antes de continuar con un hablar pausado. —Fue tu idea.
   —Lo sé.
   —Puedes echarte atrás, a mi no me importa —aunque no dejaba de revolver.
   —Es que quisiera… —titubeó ella.
   —¿Qué quieres a cambio?
   —¿Lo harías?
   —Todavía no me dijiste qué es.
   —Todavía no has aceptado.
   —Se me está cansando el brazo.
   —Está bien, está bien.
   Ella sacó el papiro de su bolso, tomó las pinzas y lo colocó sobre el humo.
   Allí estaba escrita su conversación de ese momento. Las últimas letras comenzaban a desvanecerse, no obstante, lo hicieron a un ritmo más lento cuando las alcanzó el humo.
   Se miraron el uno a la otra y él sonrió.
   —Bien, ya sé cuándo y dónde hay que ponerlo.
   Tuvieron todo listo dos noches después. Colocaron el papiro dentro de una caja cerrada llena de humo. Tendría que durar toda la noche y al menos la mitad del día siguiente, para que tuvieran tiempo de copiar el hechizo que aquel grupo hubiera creado.
   Cuando llegaron a la biblioteca a la mañana siguiente, el lugar estaba más sombrío que de costumbre. Una bruma espesa se filtraba por las ventanas cerradas.
   Ellos caminaron hacia donde habían dejado la caja.
   —Esto no me gusta —dijo ella.
   —Es solo una tormenta que se acerca —dijo él, sin prestarle atención a la niebla que salía por la ventana, ansioso por llegar al manuscrito.
   —Espera —ella estiró el brazo hacia él, pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo en ese momento y él no estaba escuchándole.
   Él abrió la tapa de la caja y el humo inundó todo el lugar, ya no era posible ver nada más alrededor.
   —Hola —musitó ella, pese a que no esperaba ninguna respuesta.
   —Por aquí —dijo él y ella siguió su voz.
   Se encontraba junto a la caja abierta con el papiro en la mano. Las letras estaban grabadas allí y no parecía que fueran a desaparecer en breve. Él las leía con avidez, tanto que no vio los ojos que se habían encendido a su izquierda.
   —¡Cuidado! —gritó ella, si bien no con la suficiente rapidez.
  Unas garras se clavaron en el cuello de él y ahogaron el grito antes de que intentara salir. Ella sintió que otra le agarraba la muñeca. Y gritó. Y se agitó con fuerza.
   —No, no. Ven conmigo —dijo una voz y ella se calmó al notar que era humana.
   Era otro de los estudiantes, tenía sangre en la cara y el pecho, y parte de la ropa en jirones.
   —Tenemos que salir de aquí.
   La niebla se llenó de ojos.
   —¿Qué sucedió? —preguntó ella mientras lo seguía con cautela.
   —Son los demonios —él sacudió la cabeza—. El hechizo se mantuvo activo excesivo tiempo, todavía no se detiene y no sé por qué. De todas formas, ahora ya es demasiado tarde, tenemos que salir, sellar la biblioteca y encontrar la forma de contenerlos. —Suspiró. —Con suerte, será solo el nacimiento de otra de las secciones prohibidas de la biblioteca.
   Ella miró hacia atrás pero ya no se veía el papiro, ni la caja mesa, ni la mesa. Ella se mordió el labio.
   Él se detuvo de golpe.
   —¿Qué sucede?
   —La puerta está cerrada.
   —¡No puede ser! —ella lo empujó a un lado para pasar—. Si recién entré.
   —Ya lo descubrieron —murmuró él—. Van a tratar de detenerlo.
   —¿Con nosotros dentro? —gimió ella.
   Él se quedó inmóvil, como resignado, mientras más ojos se encendían entre la bruma. Ella no llegó a gritar esa vez.

¿Sabías que todos los cuentos tienen un título de una sola palabra? Aquí puedes ver el listado. Y sí, fue intencional.

Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida. Twittea
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