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Antifaces - No te guíes por las apariencias, todos usamos máscaras


Antifaces_tapa
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Antifaces es una novela de fantasía urbana.

   Norah creía que era una joven común, solo un poco aburrida con su vida. Sin embargo, la llevaba a cabo día tras día, y ponía su mejor cara. Hasta que un día es arrastrada a un mundo mágico y debe elegir un bando en una lucha que todavía no comprende.
   Sin tiempo para pensarlo, descubre sus habilidades y la historia que sus tíos le omitieron sobre sus padres. En una cruenta batalla debe tomar una decisión. Está sola, está desesperada, y no sabe en quién confiar. Aún así, deberá elegir un camino, ¿será el correcto?
 
La torre hundida

Capítulo I

 
   Era temprano en la mañana, todavía faltaban diez minutos para que sonara el despertador, pero me cansé de esperarlo, así que lo apagué. Podía escuchar el ruido que hacía mi tía Brigid en la cocina. Me levanté con desgano y caminé descalza hasta el baño. Las baldosas estaban frías, aunque las mañanas ya no eran tan frescas. El invierno había comenzado su lento declive, si bien eso no se notaba en mi baño. Prendí la luz y me miré en el espejo.
   —Puaj —me acerqué a mi reflejo—, ¿qué es ese nido de ratas en mi cabeza?
   El agua estaba gélida, pero me hizo bien, por fin pude abrir los ojos y encontrar el cepillo que andaba buscando. Salí del baño veinte minutos después. El pelo no había mejorado mucho y todavía tenía frío; la buena noticia era que me sentía más despierta. Revolví entre la ropa que había sobre el escritorio y el montón que hacía equilibrio en la silla. Rescaté lo que estaba menos arrugado, me lo puse y me dirigí a la cocina.
   Era un cuarto bastante pequeño, en comparación con la casa, y estaba decorado con los colores más absurdos. Sin embargo, a mí me gustaban las alacenas verdes que resaltaban contra las paredes amarillas. En el centro, la mesa naranja, alrededor de la cual los tíos estaban sentados, en extremos opuestos. Cada uno estaba leyendo una sección diferente del diario. Ni siquiera me molesté en decir «buenos días», no solían contestar.
   Revisé la cafetera, no quedaban más que unas gotas así que volví a poner el agua. Abrí una de las alacenas y saqué la última taza limpia. En algún momento, tuvo una leyenda de «Felicidades» inscripta, ahora solo quedaban dos letras, que ni siquiera podían pronunciarse juntas.
    —¿Esta noche te juntas con tus amigos? —preguntó la tía sin levantar la mirada de su lectura.
   Tío Bran se acomodó los anteojos y le echó una ojeada a su esposa. Asintió.
   —Sí, volveré tarde, no me esperen a cenar.
   —Yo tampoco voy a estar —sonrió—, hoy vamos de compras con las chicas.
   —No se preocupen por mí —dije abriendo la heladera.
   Estaba tan desierta como siempre, no sé para qué nos molestábamos en tener una con tantos estantes. Encontré un poco de leche y lo sostuve en mis manos, atesorándolo, mientras esperaba que la cafetera hiciera su trabajo. El tío me miró con los labios fruncidos.
   —Norah, ¿tienes dinero?
   —Sí, tío, no te preocupes, pediré algo. —Me encogí de hombros.
   Él siguió leyendo su sección del periódico y aproveché para sacar una galletita del paquete que había sobre la mesa. Me serví el café apenas la cafetera dejó de chillar y me lo tomé parada, apoyada contra la mesada. Había una cierta tranquilidad que me calmaba en esos desayunos, aun con toda la indiferencia.
   —¿Podrás alcanzarme? —preguntó la tía de repente.
   —Claro —dijo el tío—, es más, creo que ya preparé el auto.
   —Perfecto. —La tía se levantó y dejó su taza en el fregadero.
   Los tíos siempre habían tenido esa habilidad para retomar conversaciones luego de largos minutos de silencio. Nunca titubeaban ni se demoraban en sus respuestas, era como si no hubiera habido ninguna interrupción. A menudo me preguntaba si eso era lo que significaba estar casado con alguien.
   Cuando me quedé sola en la cocina, me senté a la mesa y rebusqué en el paquete bajo el periódico, diseminado por todos lados. Solo quedaba una galletita. Con el café agotado y sin rastros de más comida, me quedé sentada hasta que el ruido del motor del auto se desvaneció.
   —Adiós —murmuré y volví a mi pieza a tratar, por enésima vez, de domar mi cabello.
   Cuando lo dejé más o menos aceptable, busqué el bolso que usaba para ir a la facultad. Por suerte ese día solo tenía dos clases y no eran las más aburridas, eso me levantó el ánimo. Me aseguré de dejar todas las luces apagadas y la cafetera desenchufada y salí al mundo.
   En la calle noté que ya estaba amaneciendo, otra señal de que el invierno se alejaba. Me dirigí a la parada de colectivo, la cual estaba solo a tres cuadas de casa. Había una sola persona esperando y abrigué las esperanzas de poder sentarme. El trayecto hasta la facultad no era largo, pero ya me estaba dando sueño de nuevo. No era raro, últimamente cada vez que pensaba en las materias que me tocaba estudiar, me sentía adormilada y fastidiada. Tendría que revisar si en realidad estaba siguiendo una carrera a la que me gustaría dedicarme en el futuro. No era ni remotamente tan interesante como había pensado que sería. Por el momento, había decidido seguir en automático, al menos un cuatrimestre más.
    —No tengo todo el día, nena.
   —¿Eh? —El colectivo estaba a mi lado y el chofer me miraba con mala cara—. Sí, sí. —Subí de dos saltos los escalones y saqué el pasaje.
    Al fondo vislumbré un asiento vacío y me abalancé sobre él, casi me caigo a mitad de camino, pero superé el tropezón y llegué al lugar. Me senté con un suspiro y por un momento me sentí en casa, cómoda.
   —Ridículo —murmuré.
   La señora a mi lado me miró y yo la ignoré. Saqué mis auriculares y elegí la radio, esperaba que estuviera el locutor de la voz algodonosa. Sonreí cuando lo escuché. Era mi emisora favorita, casi nada de charla, solo música suave para despertar a la gente de una forma amorosa. En esas ocasiones, siempre me daba pena que se terminara el viaje tan rápido. Cuando vi que se aproximaba mi parada, apagué la música, me acerqué a la puerta y toqué el timbre.
   Bajé rápido del colectivo y caminé la media cuadra que restaba para llegar a la facultad. A esa altura, había mucho movimiento de gente, algunos bajaban de colectivos y otros subían desde el subte. Todos confluíamos en el mismo punto y, como siempre, comencé a sentir que dejaba de caminar para ser llevada por las masas.
    Arribamos a la puerta principal, el lugar estaba lleno de estudiantes y las dos mareas chocamos entre gruñidos y murmullos malhumorados. Me escurrí entre los cuerpos que se me cruzaban y, apenas encontré un poco de espacio, paré un momento para respirar.
   Era martes, así que empezaba en el primer piso. Encaré las escaleras y esquivé gente y más gente que se saludaba entre sí. Una chica levantó una mano y yo casi le contesto hasta que me di cuenta de que no era a mí a quien gesticulaba y que yo ni siquiera la conocía.
   —Qué tonta —murmuré y aferré el bolso que llevaba cruzado.
   Cuando llegué a mi destino, el aula estaba vacía, todavía era temprano. Me senté casi en el medio del salón. El profesor llegó poco después, echó una mirada alrededor, calculó que éramos suficientes y comenzó a hablar.
   Una eternidad después, me saqué unos mechones de pelo que me tapaban los ojos y seguí escribiendo, ¿quién me habría mandado a hacerme ese corte? Soplaba constantemente hacia arriba, los alumnos que tenía a los lados me miraron, pero yo seguía tomando notas. Escribir era lo único que me mantenía despierta en esa clase que estaba resultando más soporífera de lo esperado. Miré el reloj, recién eran las ocho, todavía faltaba una hora más.
   Cuando por fin llegó el receso, fui a buscar un café. Había un área con máquinas de bebidas y golosinas en cada uno de los pisos, todo muy sano. Al acercarme noté que la zona estaba sospechosamente deshabitada, pero igual lo intenté. La primera máquina que probé no funcionaba; la segunda, tampoco. Bajé un piso, todavía tenía tiempo. Esta vez el lugar estaba abarrotado de estudiantes, todos esperaban por la misma máquina. Suspiré, preparé las monedas y me ubiqué al final de la larga cola.
    Un grupo de tres chicas estaba delante de mí. Una de ellas me sonrió y yo respondí con una mueca. Ella llevaba una ropa bastante rara, no era la primera que venía a la facultad a pasar el tiempo. La muchacha se inclinó sobre una de las otras y la besó.
   «Uh, es eso lo que quiere», pensé y sacudí la cabeza con lentitud.
   No era posible caminar por la facultad sin que alguien te ofreciera algo: los exámenes resueltos, drogas, sexo. No sé qué me daba más asco, la oferta en sí o que creyeran que yo era la persona indicada para ello.
   —Hola. —Me sonrió de vuelta la chica—. ¿No estamos en Sociología juntas?
   —No sé —dije y miré hacia otro lado—, no me fijé.
   «Que no hable, que no me hable más.»
   —Estoy segura de haberte visto.
   —No, no lo creo —carraspeé—, se me hace tarde para la otra clase.
   —¿Y el café?
   —Eh, no importa —dije mientras me alejaba.
   Por suerte la segunda clase pasó rápido y pude dejar la facultad. Tuve que esquivar varios chicos que se estaban reuniendo en los pasillos y alrededor de las puertas de salida, como si bloquear los accesos fuera un nuevo tipo de deporte. Cuando al fin llegué a la calle, inhalé profundamente.
   —Puaj. —Aspiré todo el humo de los colectivos, pero al menos fuera se podía respirar mejor que en medio del tumulto de gente amontonado en ese edificio.
   Era casi mediodía, estaba tranquilo y no muy fresco, así que caminé unas paradas en vez de tomar el colectivo en la habitual. En una de las cuadras había un grupo de chicos algo desaliñados y que usaban buzos con capuchas. Disminuí el paso, para ver si se me adelantaban, pero tenían un avanzar errático: golpeándose y gritándose entre ellos. Se veía que no tenían mucha educación. Suspiré. Consideré entonces apretar el paso y rebasarlos; sin embargo, eran los suficientes para bloquear toda la vereda.
     Al final, decidí cruzar a la mano de enfrente. Eché un rápido vistazo hacia la derecha y crucé a mitad de cuadra. Un bocinazo me paralizó a los pocos pasos. Un auto se había detenido a centímetros de mis piernas. Trastabillé y caí sentada.
   —¿Qué haces? ¡No se cruza por acá!
   —Perdón, perdón —grité, mientras me levantaba con el corazón palpitante y corría para alcanzar la otra vereda.
   Los bocinazos se multiplicaban a mi alrededor. Podía sentir la mirada de los chicos en la espalda y su silencio.
  «Por favor, que no crucen, que no crucen.»
   Cuando llegué a la acera, bajé la vista y caminé lo más rápido posible. Sabía que me estaban observando, todo el mundo lo estaba haciendo después del frenazo. Y entonces estallaron los sonidos. Los chicos se reían. Hasta los escuché gritar palabras indefinidas y juro que había un «chica» por allí, y tal vez un «espera», pero no quise volverme, no quería que repararan todavía más en mí. ¿Y si cruzaban?
    Cuando por fin llegué a la esquina, doblé hacia la derecha, aunque no era mi entrada, y corrí durante un rato. Paré dos cuadras después, jadeando y prometiéndome hacer más ejercicio en el futuro, miré alrededor y decidí que no tomaría el colectivo. Estaba bastante cerca y todavía necesitaba calmarme. Cuando respiré con normalidad otra vez, retomé el camino a casa. Me acomodé el bolso y noté que estaba abierto.
   —¿Cuándo…? —Revisé el interior, estaba todo menos la cartuchera.
   Me volví para mirar hacia atrás. El golpe no había sido fuerte, pero si el bolso no había estado bien cerrado entonces… Recordé los gritos de esos muchachos. ¿Y si…?
   Sacudí la cabeza. Ya era muy tarde para averiguarlo, no iba a volver. Dudé unos segundos más. No. No sabría qué decirles. De todas formas, no tenía nada en la cartuchera que no pudiera reemplazar con facilidad. Cerré el bolso y retomé mi caminata con un suspiro.
   Las calles que me rodeaban estaban vacías y me sentí levemente reconfortada. La pequeña corrida, junto con el aire fresco, me habían abierto el apetito, así que me desvié un poco del camino. Aproveché a pasar por el súper y comprar algo con que llenar la heladera y mi estómago. Anduve una cuadra más para ir a la cadena grande, no me gustan los supermercados chicos, me parece que todo está vencido y que no dejan de observarte mientras compras. A veces la tía contaba historias de cuando era chica e iba a un almacén. ¡Debía de ser terrible tener que estar pidiéndole todo a una persona!
    En el súper ya me conocía las góndolas de memoria e iba directo a las que más me gustaban. Diez minutos después de haber entrado, ya estaba en la cola de una de las cajas. Si de algo no podía quejarme acerca de mis tíos, era de que siempre me habían dado todo el dinero que necesitaba, nunca tuve que pedir.
   Cuando llegué a casa, el lugar estaba solo y frío. En la cocina, todavía seguía la taza que había usado a la mañana, sobre la mesa naranja. La enjuagué después de poner la cafetera en marcha. Antes de enjuagar también las tazas de los tíos, me comí una magdalena rellena con dulce de leche que recién había comprado.
    Revisé el diario que el tío había dejado sobre la mesa y le eché un vistazo a la sección de Espectáculos. Esa noche daban una película que hacía rato quería ver, tal vez no tuviera otra oportunidad ya que pronto la sacarían de cartelera.
   —Siempre puedo cenar pochoclos —murmuré.
   Me serví café y dos magdalenas más antes de ir a mi dormitorio. Deambulé un rato por la pieza antes de sentarme a hacer la tarea, por lo menos a adelantar lo poco que tenía ganas en ese momento y luego me eché una siesta. Como siempre que me sentía culpable, antes de quedarme dormida me pregunté qué se sentiría tener una madre que se preocupara por si dormía o estudiaba o por lo que decidía comer todos los días, pero esos pensamientos no tenían sentido porque nunca llegaba a ningún lado. Y en realidad ese era el único momento que pensaba en ello.
   Me desperté cuando ya había oscurecido, la casa seguía en silencio. En la cocina, el diario continuaba donde lo había dejado, mi taza estaba esta vez en la pileta. La ignoré y saqué un vaso de la alacena. Me serví un poco de jugo de naranja y abrí uno de los paquetes de galletas. Me lo comí en su totalidad mientras acomodaba las compras que había hecho más temprano. Tal vez debería haberlas guardado antes, pero ojos que no ven…
   Volví a la pieza, me cambié de ropa, me enjuagué la cara y decidí hacer una cola de caballo con mi cabello. Me había levantado a tiempo, así que continué con mi plan original. El cine no estaba lejos, era un pequeño complejo con un par de tiendas alrededor. Bastante familiar. Aun así, me sorprendí al encontrar familias con niños, era una noche entre semana y a la mañana siguiente habría escuela. El empleado de la boletería tuvo que llamarme dos veces porque me había quedado mirando cómo una familia comía del mismo cesto de pochoclos mientras reían y hablaban a la vez.
   —¿Dos? —preguntó el boletero.
   —Una —le dije.
   El hombre titubeó, pero no dijo nada.
   Me compré el combo grande de gaseosa y pochoclos dulces, algo difícil de manejar cuando se está solo. Si bien perdí unos cuantos pochoclos cuando tuve que dar mi entrada, logré llegar sana y salva hasta la butaca. La película me gustó bastante, aunque no era lo que había esperado. El título me había llevado a pensar otra cosa, pero al final me amigué con lo que era y logré disfrutar de un rato agradable. Terminó algo tarde y las calles estaban vacías cuando salí, las tiendas ya habían cerrado y había pocas luces. Esperé un poco, pero no pasaba ningún taxi.
   Las noches todavía eran algo más que frescas, así que me decidí a caminar. Sencillamente, no estaba vestida como para quedarme parada esperando. Tampoco me gustaba hacerlo, mucho menos de noche. Casa estaba bastante cerca, por suerte el único punto oscuro que tenía que atravesar era una plaza de una cuadra y no tenía que cruzarla, solo pasar por su lado. Me subí el cierre de la campera hasta la barbilla y apreté el paso.
    Las calles se iban oscureciendo a medida que me acercaba a la plaza. Solo escuchaba mis propios pasos y eso me hizo sentir un escalofrío. Cuando estaba a la mitad de la cuadra, por el rabillo del ojo capté un movimiento. Apresuré más el paso y consideré echar a correr cuando un resplandor a mi izquierda hizo que me volviera sin pensarlo. Había allí un grupo de personas, parecían ser tres o cuatro adolescentes y estaban peleando. Estaba a punto de salir corriendo en sentido contrario cuando escuché el grito de una chica.
   Miré a las personas que forcejeaban del otro lado de la calle. No había nada que yo pudiera hacer, no sé pelear y no soy fuerte. Eché un vistazo a cada esquina, no se acercaba nadie, ni a pie ni en auto. La chica gritó otra vez, con un sonido más angustioso. Me froté las manos. Una pregunta no abandonaba mi mente: ¿y si esa chica fuera yo?

 
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