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No ficción

Tiempo de cambios - (Precuela Profecía)


Profecía_tapa
ISBN 978-987-02-5041-8
Editorial Dunken

La otra profecía es una novela fantástica destinada al público juvenil.

   El momento anunciado por la profecía se acerca. Únicamente el sacrificio de una joven puede evitar la catástrofe que se avecina.
   El Templo del Sol está seguro de poder impedir la calamidad, después de todo, lleva años preparándose ya encontró a la joven indicada. Pero, ¿alguien se preguntó si ella está dispuesta a sacrificarse?
   Luego de años de encierro, Kamilla intentará huir del destino que eligieron para ella. Se enfrenta a un mundo que solo vio de lejos, a través de una ventana.
   ¿Debería encontrar su sendero sola o aceptar la ayuda de quienes se cruzan en su camino? ¿Podrá afrontar sus temores y dejar atrás sus remordimientos?

 
La otra profecía

Precuela de Profecía

  
   ¿Quieren saber algo más de novela La otra profecía sin leerla? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: la (pequeña) precuela. Se trata de un breve cuento ambientado un poco antes del inicio de la novela. ¡A leer! (Ojo, puede haber spoilers.)

Tiempo de cambios

 
   Zora aguardaba fuera de la habitación, cambiando el peso de un pie a otro. No sabía por qué la habían llamado, ni quería saberlo. Si bien solo era una iniciada en el Templo del Sol, ya había visto y oído lo suficiente para no querer conocer nada más.
   El pasillo en el que estaba esperando era uno de los menos concurridos. Allí estaban las habitaciones de las hermanas de mayor rango, las que no se dirigían a las iniciadas más que para darles órdenes. Zora volvió a pasar el peso de un pie a otro y suspiró. Ya llevaba cuarenta minutos parada allí fuera.
   Era imposible oír qué sucedía del otro lado de la puerta y no quería golpear de nuevo, al menos no por el momento. Todavía faltaba para la cena y ya había cumplido con todas sus tareas así que no tenía ninguna excusa válida. Volvió a cambiar el peso y la puerta se abrió de golpe. Zora trastabilló hacia atrás y casi cayó, tuvo que sostenerse de la pared.
   Dos hermanas salieron de la habitación. Una era Adine, no sabía el nombre de la otra. Ninguna de las dos prestó atención a Zora. La segunda hermana se fue a los pocos minutos y Adine miró a un lado y otro del pasillo antes de indicar a Zora, con un gesto de la cabeza, que entrara a la habitación. Zora lo hizo de mala gana, a la vez que contenía un bufido. Cerró la puerta tras de sí y se quedó muy junto a ella, casi con la espalda apoyada sobre la madera.
   Adine se dio la vuelta, la observó, enarcó las cejas y sonrió.
   —Acércate, ¿a qué le tienes miedo? Somos todas hermanas aquí.
   Zora dio unos pasos más, no muchos. De un reojo rápido miró la habitación de Adine, era más grande que la suya, aunque no tanto.
   —Te estarás preguntando por qué te llamé —dijo Adine mientras se sentaba frente a su pequeño aparador.
   Zora asintió. Adine volvió a enarcar las cejas e irguió el torso.
   —Te concederé un gran honor.
   Zora se mordió el labio.
   «Esto no puede ser nada bueno».
   —Tal vez sepas cuál es mi tarea dos veces a la semana.
   «Claro que lo sé, todo el templo está al tanto».
   Zora asintió otra vez al ver que Adine esperaba una respuesta.
   Adine sacó pecho.
   —Una tarea importante, sí, pero lamentablemente se me acumulan tantas responsabilidades —suspiró de forma dramática— que no hacen posible que siga cumpliendo algunas de ellas.
   Zora dio un paso atrás y apretó los labios en un intento de que no saliera ninguna palabra.
   «Sabía que no podía ser nada bueno».
   —La sacerdotisa me autorizó —continuó Adine— a que eligiera un reemplazo. Bajo mi supervisión, por supuesto.
   —Soy solo una iniciada —murmuró Zora.
   Adine lució molesta un segundo y luego recompuso el rostro para mostrarse dulce.
   —Entiendo que estés asustada; sin embargo, es un gran honor el que se te concede, y una gran responsabilidad. —Hizo un gesto con la mano que la hizo parecer una garra. —Ahora, ven, acércate, te explicaré lo que tienes que hacer.
   Zora lo hizo a regañadientes y Adine le mostró un mapa un mapa de la torre, la torre donde estaba la destinada a cumplir la profecía.
 
***
 
   —El momento de la profecía se acerca, ¿sabes lo que significa eso, Jaecar? —preguntó Taika mientras cepillaba su cabello, vestida solo con una bata.
   Él seguía en la cama, entre las sábanas.
   —Que por fin terminará esa charada de la torre.
   Taika frunció el ceño sin apartar la mirada del espejo.
   —No me gusta que hables así, los rituales son importantes, sobre todo para el pueblo.
   —Aunque todavía más para quienes tienen control sobre ellos.
   Taika relajó el gesto y los movimientos de su brazo se hicieron más lentos.
   —Por eso es que necesito planificar bien la transición. El día de la profecía tendré a todo el mundo pendiente de mí, pero después…
   —Después ya no habrá necesidad —Jaecar se removió en la cama, y no se levantó.
   Taika frunció los labios en un gesto de asco durante un momento.
   —Tendré que crear la necesidad, en realidad, ya tengo un plan.
   —Por supuesto —sonrió Jaecar sin abrir los ojos.
   —Préstame atención —la voz de Taika se elevó unos tonos—, esto también es importante para ti.
   Jaecar se encogió de hombros, pese a que no se notó mucho al estar acostado. Se incorporó después de un minuto y clavó una mirada profunda en la sacerdotisa. Ella sonrió.
   —Lo primero será hacer desaparecer a los líderes, siempre necesario para crear caos, y que se precisen nuevos guías. Será una pena que el cumplimiento de la profecía se cobre unas cuantas vidas, por lo menos salvaré al resto del reino. —Sonrió con más expansión. —Me adorarán, todavía más que ahora.
   —Por supuesto —murmuró Jaecar, si bien su expresión indicaba que su mente estaba en otro lado.
 
***
 
   —Tienes que hacerlo —dijo Adine en un murmullo furioso.
   —Lo sé, lo sé —contestó la otra con los dientes apretados—. Es que no será fácil, necesito más tiempo.
   —Donata, no tenemos mucho, si perdemos esta oportunidad, tendremos que esperar meses. Y a medida que se acerque la hora de la profecía, peor será.
   La otra hizo un gesto de duda.
   —¡Deja ya de pensar en eso! —dijo Adine con exasperación.
   Donata miró hacia ambos lados, no obstante, estaban solas en aquel pasillo.
   —Es importante, si el ritual no se cumple como debería, la profecía…
   —Te dije varias veces que puedo hacer lo mismo que la sacerdotisa —dijo Adine—, incluso mejor.
   —Está bien, pero dame hasta mañana por lo menos, o pasado. ¿Mañana tienes que ir a la torre?
   —Eso ya está solucionado, estaré aquí.
   Donata frunció el ceño.
   —¿Es cierto entonces lo que dicen? ¿Se lo pasarás a ella? ¿No es muy joven?
   —No te preocupes por eso, yo me encargaré de mis asuntos, tú preocúpate de tener lista tu parte.
   Donata volvió a vacilar, aunque al final asintió.
   —Está bien, mañana al anochecer, te avisaré si tenemos que cancelar.
   —Espero que no —masculló Adine y se dio la vuelta.
   No vio la expresión de la otra hermana, ni quien la observaba. Se alejó con premura por uno de los pasillos, con una sonrisa en el rostro.
   —Seré sacerdotisa —murmuró.
 
***
 
   Zora acudió a la torre a la mañana siguiente, y lo hizo sola. Adine ni siquiera la acompañó hasta la entrada. Llevaba una canasta con comida suficiente para un par de días y un poco de jabón e hilo. Le habían dicho que la muchacha haría todo lo demás por su cuenta. 
   Zora había pensado en qué sentiría esa muchacha, ¿habría pasado una vida de lujos por ser la elegida? Al subir los sucios escalones que llevaban a la torre, supo que no. Que aquella joven, si se podía, vivía una vida incluso peor que la suya y se alegró, se alegró de no ser ella, de todavía poseer la llave de su propia habitación.
   Como había dicho Adine, mantuvo el menor contacto posible con la muchacha, quien tampoco lo intentó. Después de sorprenderse de que no fuera Adine, no le prestó atención más que para observar con detenimiento cada uno de sus movimientos. Esto exasperó a Zora, mas no tanto como los guardias que le cedieron la entrada, esas miradas eran peores. Zora irguió la cabeza y fijó la vista en el horizonte al pasar junto a ellos. No la movió por más que le ardían las orejas.
   Cuando regresó al templo pasado el mediodía. El lugar estaba en uno de sus momentos más bulliciosos. Al pasar cerca del salón principal para invitados, vio una cantidad importante de hermanas, todas murmuraban con furia. La sacerdotisa estaba unos pasos más allá y junto a ella, Adine. Zora se encogió y pasó cerca de la pared, cuidándose de que no la viera, si bien después tendría que hablar con ella. Ya la buscaría más tarde.
   Adine no despegaba los ojos de Taika, mientras mantenía una férrea sonrisa que tensaba todos los músculos de su cara, e incluso algunos del cuello.
   —¿No deberías haber ido a la torre hoy? —preguntó Taika sin mirarla, mientras inspeccionaba sus propias uñas.
   —Hoy fue mi reemplazo, ¿recuerdas? Ya estoy preparada para tareas más importantes.
   Taika enarcó las cejas.
   —Cuidar a la elegida de la profecía es importante.
   —Sí, y lo estoy haciendo, ¿no es acaso un símbolo de crecimiento empezar a delegar? Nadie puede hacerlo todo. Y las personas más capaces deben hacer lo más significativo.
   —Debería ser así —Taika paseó la mirada entre la multitud, era obvio que buscaba a alguien—, no siempre lo es.
   Adine se acercó a ella y le hizo una seña a su amiga, quien también rondaba por allí, pero esta negó con la cabeza y Adine frunció el ceño.
   —¿Necesitabas algo? —preguntó Taika, que de repente volvía a fijar su atención en ella.
   —Sí, quería hablar sobre mi próximo ascenso…
   Taika apretó los labios.
  —¿No fue hace poco?
   —Hace un año.
   —Menos —entornó los ojos Taika—; de todas formas, es poco tiempo.
   —Estoy más que capacitada para...
   —Te falta experiencia y eso solo te lo da los años.
   —La única forma de adquirir experiencia es practicar esas habilidades, no se logra nada al realizar tareas que puede hacer cualquier otra hermana.
   Taika la estudió durante un largo momento.
   —Todavía soy sacerdotisa, ¿qué más puedes querer que no sea mi lugar?
   Adine se sonrojó.
   —Cuando vayas a uno todavía mejor, necesitarás a alguien de confianza.
   —Eso es cierto, aunque no quiere decir que esa persona seas tú. Y todavía no me voy a ningún lado —se movió de un lado a otro—. ¡Jaecar! Ya era hora, tendrías que haber estado aquí al mediodía.
   El hombre se acercó a ellas con un andar sinuoso, no rozó a ninguna de las hermanas que se escurrían a su alrededor.
   —Sacerdotisa —sonrió y lanzó una mirada de reojo a Adine, quien dio un paso atrás—, siempre tan impaciente. Sin embargo, la espera valió la pena, tengo excelentes noticias.
   —Ven, vamos a mi habitación.
   Taika lanzó una última mirada a Adine y se alejó junto con Jaecar.
   —No soporto a ese hombre —masculló Adine al acercarse a su amiga.
   Las demás hermanas las contemplaba en un súbito silencio.
   —Ven —dijo Adine, inconscientemente imitando el gesto de Taika—, hablemos en un lugar más tranquilo.
   Adine soltó a Donata apenas se retiraron lo suficiente.
   —¿Por qué no te acercaste?
   —No estoy lista. Te había dicho que al anochecer.
   —Lo sé. Solo tenías que acercarte para sentirla, para que a ella no le pareciera raro verte.
   —No creo que eso importe.
   —Importa, más si queremos que los demás noten cuánto Taika confía en nosotras y por qué somos las más indicadas para remplazarla.
   La otra suspiró.
   —Estaré bien cuando todo esto acabe.
   —¿Te estás arrepintiendo?
   —No, solo quiero que termine de una vez. No te preocupes, estaré ahí, haré mi parte. Lo que sí espero es que ese hombre no esté allí.
   —Yo también —concedió Adine—. Aunque es un hombre, no tiene magia.
   Donata vaciló.
   —Oí que algunos…
   Adine hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando una mosca.
   —Él no, no te preocupes.
   Se oyeron pasos y voces que se acercaban.
   —Te veré más tarde —dijo Adine con apremio antes de desaparecer por uno de los pasillos.
 
***
 
   Esa noche, poco después de la caída del sol, cuando ya habían cenado, Adine y Donata se reunieron en el pasillo que llevaba a las habitaciones privadas de la sacerdotisa. Adine se acercó para tocar la puerta antes de alejarse a la brevedad. Tuvo que hacerlo dos veces antes de que Jaecar la abriera. Adine masculló por lo bajo, pero le hizo una seña a su amiga. Ella inició un fuego que atrajo la atención de Jaecar. Adine lo distrajo para que Donata pudiera entrar en la habitación. Su amiga comenzó a negarse con movimientos frenéticos de los brazos, mas Adine ya se alejaba de la habitación para conducir a Jaecar hacia otro lado. A Donata no le quedó más opción que avanzar. Adine apareció poco después, agitada por la carrera.
   Se reunieron en la antesala vacía de la sacerdotisa. Donata ya estaba revisando los cajones.
   —Jaecar, ¿quién era? —sonó la voz de Taika desde el dormitorio.
   —Debemos apresurarnos —dijo Adine, quien de todas formas dejó que Donata fuera la que siguiera revisando mientras ella se alejaba un poco.
   La antesala era pequeña y pronto escucharon pasos. Adine masculló por lo bajo, no habían podido siquiera cumplir con la primera parte de su plan. Le hizo una seña a su amiga y se pusieron en posición.
   Cuando la sacerdotisa entró en el recibidor, Donata era la primera en la línea. Atacó a Taika con todas sus fuerzas. La sacerdotisa no solo la esquivó, sino que no tardó en clavar sus uñas en el cuello de la joven hermana. Adine dio un paso atrás. Cuando Taika levantó el otro brazo, un látigo de fuego restalló.
   La sacerdotisa no tuvo piedad.
   Adine esperó entre las sombras hasta que su amiga perdió la consciencia.
   Taika respiraba con fuerza, sus hombros bajaban y subían con violencia, si bien sus movimientos comenzaban a hacerse más lentos. Giró para mirar alrededor.
   Adine se encogió contra un recoveco. Taika se movía con calma, como un depredador. Estaba a punto de asomarse al lugar donde se encontraba Adine, cuando Jaecar entró en la habitación. La sacerdotisa se volvió hacia él como si estuviera a punto de atacarlo.
   —¿Dónde estabas?
   —Había unos fuegos dispersos por el pasillo, creo que algunas de las hermanas estuvieron jugando. —Miró a la que estaba en el piso. —Tal vez varias de ellas.
   —¡Quédate aquí! —Taika dijo con voz cortante—. Debo revisar el resto de las habitaciones.
   Apenas ella se fue, Jaecar se volvió hacia donde estaba Adine. No dijo ni una palabra, solo sonrió. Adine apretó los labios para que no se le escapara ni siquiera un suspiro.
   Jaecar se agachó a revisar a Donata. Luego de comprobar el pulso, la estaba dando vuelta cuando, de repente, se giró con rapidez hacia la puerta que daba al pasillo.
   —Lo siento —dijo una voz frágil.
   Jaecar caminó hacia el umbral, lo que permitió que Adine se moviera de lugar, aunque no pudiera salir.
   —Lo siento —repitió la joven—. Buscaba a Adine, me pareció ver que…
   Adine reprimió un gruñido.
   —Qué casualidad —sonrió Jaecar—, creo que no eres la única que la busca.
   Adine se removió en donde estaba, Jaecar le bloqueaba la puerta. Zora vaciló en el umbral.
   —Lo siento.
   —No te preocupes, muchacha. No obstante, ya que estás aquí, ¿por qué no me ayudas con ella?
   Zora volvió a vacilar cuando vio a la hermana en el piso.
   —Vamos, no te preocupes, Taika está en la otra habitación —Jaecar se movió—. Iré a buscarla.
   —No —dijo Zora con un hilo de voz, pero él no la escuchó o no le hizo caso.
   Adine vio cómo Zora titubeaba frente al cuerpo de Donata. Se agachaba y se quedaba inmóvil por mucho tiempo, el suficiente para que Adine se escurriera hacia la puerta. Sin embargo, no llegó a salir, ya que Taika regresó en ese momento.
   Adine se dio la vuelta, si bien todavía dentro de la habitación, se encontraba cerca de la entrada.
   —¿Qué es esto? —preguntó Taika mirando de una a la otra.
   —Yo… yo… —Zora echó un vistazo a Adine y luego otro a Jaecar, no se atrevió a ponerse de pie.
   —¿Quién eres tú?
   —Es una de las iniciadas —dijo Jaecar—, le pedí que me ayudara con ella.
   —¿Es que acaso no la puedes levantar tú? —preguntó Taika.
   —Pensé que querrías que la atendieran.
   Taika rio.
   —¿Por qué querría eso? Ella no debió entrar aquí sin mi permiso. Solo me interesa saber qué buscaba. Y ¿qué hacía una iniciada por estos pasillos?
   Zora, que se había levantado, trastabilló hacia atrás.
   —Estaba buscando a… a…
   —A mí —dijo Adine con mucha seguridad—, tenía que darme un reporte de su visita a la torre.
   —¿Ella? —Taika la miró de arriba abajo—. Parece demasiado tonta.
   —Hará bien su trabajo.
   —Más vale que sí —Zora se había ido alejando hasta quedarse al lado de Adine—, ¿y por qué te buscaba aquí?
   Adine irguió la cabeza y se encogió brevemente de hombros.
   —Muchas hermanas saben la confianza que tienes en mí. Es natural que piensen que podría estar contigo.
   —¿En serio? —enarcó las cejas Taika, Jaecar no quitaba los ojos de Adine—. No lo sabía. ¿Y es por eso que estás aquí tú? ¿Porque somos tan buenas amigas?
   Adine le mantuvo la mirada.
   —Creí que podríamos continuar nuestra conversación de hoy, sobre mi ascenso.
   Taika entornó los ojos.
   —Todavía con eso…
   —Estuve pensando…
   —Piensas demasiado —Taika hizo un gesto y miró hacia el piso, donde la joven seguía inconsciente—. ¿Acaso no es ella una de tus verdaderas amigas?
   Adine volvió a encogerse de hombros.
   —Es una de las tantas hermanas con las que hablo.
   Zora arrastró los pies.
   —Quédate quieta —apretó los dientes Adine.
   Taika miró en dirección a Zora.
   —Vete y olvídalo todo.
   La muchacha salió corriendo. Adine inspiró con fuerza, pero se volvió hacia Taika con un rostro en calma. Jaecar se había apartado para recostarse contra una pared, parecía estar divertido con la escena.
   Taika frunció los labios un momento.
   —Entonces tú viniste para aquí para hablar sobre… tus planes. Aquella muchacha te siguió para informarte sobre su visita a la torre y esta de aquí no tiene nada que ver. Vino por su cuenta a hacer algo desconocido.
    —Así parece —Adine apretó los puños.
   Taika se dio pequeños golpes en la cara con el dedo.
   —¿Y por qué no hablaste con ella antes?
   —¿Con quién? —preguntó Adine con lentitud.
   Taika dejó pasar unos momentos, Adine se mantenía firme.
   —Con la joven tonta, ¿acaso no regresó hace horas de la torre?
   —Tuve otras tareas y me pareció más importante…
   —¿Hay algo más importante que tu primera responsabilidad? ¿Qué? ¿Tu ascenso? —Taika comenzó a moverse por la habitación. —Así no funcionan las cosas, aunque no tengo que tiempo de ocuparme de eso ahora —pateó el cuerpo de la joven—, quiero saber qué hace ella aquí.
   —No lo sé —dijo Adine.
   Taika entornó los ojos de nuevo.
   —¿Dónde encontrase los fuegos? —preguntó a Jaecar sin quitar los ojos de Adine.
   —En los pasillos que me alejaban de aquí —sonrió Jaecar—. Supongo que una distracción para poder entrar. No estoy seguro de que pudiera hacerlo sola.
   Adine se mantuvo impasible, aunque mantenía los puños cerrados. Taika volvió la mirada a la joven del suelo.
   —Despiértala.
   Adine vaciló.
   Jaecar volvió a sonreír.
   —Se refiere a ti.
   Adine apretó los labios; no obstante, se agachó junto a su amiga e intentó despertarla.
   —¿Eso es lo mejor que puede hacer?
   Adine vaciló un momento antes de crear unas llamas que despertó a la joven de inmediato.
   —Así que así se hace —murmuró Jaecar—, se parecen.
   —¿A cuáles? —preguntó Taika.
   —Todas las hermanas las pueden hacer —se apresuró a decir Adine.
   —Conveniente —murmuro la sacerdotisa e hizo un gesto.
   Adine ayudo a Donata a incorporarse, aprovechó para decirle unas palabras al oído.
   —¿Por qué estás aquí? —dijo Taika apenas vio que la joven abrió los ojos—. ¿Qué buscas? ¿Con quién estabas?
   A Donata le costaba mantener los ojos abiertos.
   —Contesta —la sacudió con fuerza Adine.
    —¿Qué es eso? —preguntó Taika apuntando a uno de los bolsillos de la joven.
   Adine sacó un papel, que la sacerdotisa le arrebato de inmediato. Tenía la letra de su amiga, con parte del plan, la suya, la que no contemplaba distracciones.
   —¿Cómo pudo ser tan tonta? ¿Qué sabías tú de esto?
   —¡Nada!
   Adine se puso de pie de un salto.
   —Ocúpate de ella, entonces.
   Adine solo vaciló un segundo.
 
***
 
   Dos días después, Adine se convirtió en la mano derecha de Taika. Las demás hermanas se apartaban de ella a su paso.
   Jaecar la miraba con una sonrisa tenue.
   —¿Crees que es lo mejor?
   —Estoy segura.
   —No pensé que fueras tan compasiva. ¿Acaso no habías dicho que ella no valía la pena?
   —No es muy fuerte, no, pero tampoco tan tonta, prefiero tenerla vigilada.
   —Hay otras formas de encargarse…
   —Todavía puede ser útil.
   Adine se había alejado de allí hasta llegar a la habitación de Zora.
   —Sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
   La joven retrocedió.
   —Sí.
   Adine la miró.
   —No sé nada.
   Adine sonrió y regresó a la sala principal. Se colocó al lado de Taika, sola, sin ninguna amiga cerca.
 
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