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  • Cuentos del Castillo

    Castillo_tapa




    Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.

    La historia es cíclica y atemporal, nadie sale del Castillo.
  • Hojas de cuentos

    Hojas_tapa




    Ella contaba con los dedos de los pies.

    En los cuentos está la variedad, elije el tuyo.

No ficción

Sellado (relacionado con Castillo)


Castillo_tapa
ISBN 978-987-02-7303-5
Editorial Dunken

Cuentos del Castillo es un libro de cuentos destinado a todo público.

   Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida.
   Las historias que se entrelazan en estos cuentos narran la vida de un castillo que se desvaneció en la bruma del olvido.
   Sus personajes recorren diferentes etapas de un viaje que no deja de repetirse.

 
Cuentos del castillo

Otro cuento en el Castillo


  ¿Quieren saber algo más del libro Cuentos del Castillo sin leerlo? Pues pueden ver aquí un extracto y hoy les dejo otra opción.
   Con ustedes: un nuevo cuento relacionado con los del libro. ¡A leer!
 

Sellado

  
   —No entiendo qué es este manuscrito.
   —Nadie lo hace, ese no es el punto —ella bajó el volumen de su voz—, lo importante es para qué sirve.
   Él se alejó de la mesa y se frotó los ojos.
   —¿Y para qué sirve?
   Ella se sentó a su lado, una pierna sobre otra y el brazo sobre el respaldo de la silla.
   —Bueno, no sé exactamente, creo que, de alguna forma, es como si contuviera todo lo que sucede a su alrededor.
   Él se encogió de hombros.
   —¿Qué puede tener eso de especial?
   —Que lo hace solo.
   Él volvió a inclinarse sobre el manuscrito.
   —Nada hace nada por sí solo a menos que esté vivo o tenga magia.
   Ella puso los ojos en blanco.
   —Es obvia la razón en este caso.
   —Tal vez; aun así, sigue sin ser especial ¿para qué querría uno registrar todo lo que ocurre en un solo lugar? —levantó el pergamino con dos dedos y volvió a dejarlo sobre la mesa—. No veo la utilidad, hay mejores y mayores magias que investigar; por ejemplo, cómo fue que el grupo de último año invocó a ese demonio.
   Ella se acercó más a él, aunque estaban solos en la biblioteca. Era un lugar lúgubre, al igual que el resto del castillo. Frío y húmedo, lo que mantenía las páginas de los libros gomosas y casi con la consistencia de un elástico.
   —¿Y no pensaste que esto podría grabar lo que hagan —susurró—, para que luego tú lo leas?
   Él la miró con lentitud y sonrió de a poco.
   Tomó el manuscrito otra vez en sus manos para mirar las palabras que se desvanecían. Se cuidó de que sus dedos no tocaran las letras. Allí aparecía escrito lo que acababan de conversar.
   —No dura mucho —frunció el ceño hacia los espacios ya vacíos.
   Ella se acomodó en la silla y frunció los labios.
   —Tiene que haber algo que podamos hacer.
   —¿Cómo qué?
   Ella se encogió de hombros.
   —¿No hay un hechizo para detener el tiempo?
   Él enarcó las cejas.
   —¿Estás hablando en serio? ¿Sabes lo difícil que es eso? El tiempo no lo ves, sin embargo, lo rodea todo, es como el aire.
   —Pero no tenemos que detenerlo todo —se entusiasmó ella—, ni siquiera hace falta detenerlo, solo retardarlo alrededor del papiro, para que dure un poco más.
   Él volvió a mirar al papel con atención.
   —Creo que sí, déjame que lo piense, tengo que comprobar algunas cosas.
   —Está bien —dijo ella y le sacó el manuscrito de las manos a la vez que se ponía de pie—. Tengo una clase.
   —Espera…
   —Yo lo encontré —dijo ella y guiñó un ojo antes de darse la vuelta e ir hacia la puerta.
   Él se quedó sentado un rato más, pensativo, antes de tomar algunos libros de los estantes e ir a su habitación. No tenía clases hasta la mañana siguiente.
   Volvieron a encontrarse al otro día, por la tarde. Esa vez lo hicieron en uno de los salones vacíos.
   —Esto es lo que quiero intentar —dijo él mientras le hacía señas para que se acercara a la olla desde la cual salía un humo espeso de un tupido color gris.
   Ella lo hizo, arrugando la nariz.
   —¿Qué es eso?
   Él seguía moviendo el líquido burbujeante.
   —Es lo que hablamos, detener el tiempo —se encogió de hombros—; en realidad, demorarlo un poco.
   Ella dio un paso atrás.
   —No voy a sumergir el papiro allí, no lo voy a perder.
   —No tienes que sumergirlo —él frunció el ceño—, ¿acaso no aprendiste nada?
   Ella entornó los ojos.
   —Sabes que voy unos años detrás.
   Él volvió a encogerse de hombros.
   —Creí que ya lo sabías. No importa —hizo un gesto—; el líquido es irrelevante, es el humo lo que se usa.
   Ella se tapó la cara con la mano.
   —¿El humo?
   —No te preocupes, no es tan concentrado ni hay tanta cantidad como para afectarnos a nosotros. Acércate.
   Ella lo hizo con poca decisión y se sentó a su lado, en una silla libre. Miró de reojo a la puerta que había dejado abierta.
   —No vendrá nadie hasta dentro de una hora. —Le dio unas pinzas. —Ten, sostenlo sobre el humo.
   Ella apretó los labios, sin tomar las pinzas.
   —La humedad le hará daño.
   Él suspiró.
   —Tú quisiste probar esto. —Ella todavía vacilaba. —No le pasará nada. Si sobrevivió en este castillo apestoso, un poco de humo no le hará nada más.
   —Es que estuve pensando.
   —¿En qué?
   —¿Qué gano yo?
   Él casi dejó de revolver.
   —¿Qué dices? ¿Acaso me estás…? —se mordió el labio antes de continuar con un hablar pausado. —Fue tu idea.
   —Lo sé.
   —Puedes echarte atrás, a mi no me importa —aunque no dejaba de revolver.
   —Es que quisiera… —titubeó ella.
   —¿Qué quieres a cambio?
   —¿Lo harías?
   —Todavía no me dijiste qué es.
   —Todavía no has aceptado.
   —Se me está cansando el brazo.
   —Está bien, está bien.
   Ella sacó el papiro de su bolso, tomó las pinzas y lo colocó sobre el humo.
   Allí estaba escrita su conversación de ese momento. Las últimas letras comenzaban a desvanecerse, no obstante, lo hicieron a un ritmo más lento cuando las alcanzó el humo.
   Se miraron el uno a la otra y él sonrió.
   —Bien, ya sé cuándo y dónde hay que ponerlo.
   Tuvieron todo listo dos noches después. Colocaron el papiro dentro de una caja cerrada llena de humo. Tendría que durar toda la noche y al menos la mitad del día siguiente, para que tuvieran tiempo de copiar el hechizo que aquel grupo hubiera creado.
   Cuando llegaron a la biblioteca a la mañana siguiente, el lugar estaba más sombrío que de costumbre. Una bruma espesa se filtraba por las ventanas cerradas.
   Ellos caminaron hacia donde habían dejado la caja.
   —Esto no me gusta —dijo ella.
   —Es solo una tormenta que se acerca —dijo él, sin prestarle atención a la niebla que salía por la ventana, ansioso por llegar al manuscrito.
   —Espera —ella estiró el brazo hacia él, pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo en ese momento y él no estaba escuchándole.
   Él abrió la tapa de la caja y el humo inundó todo el lugar, ya no era posible ver nada más alrededor.
   —Hola —musitó ella, pese a que no esperaba ninguna respuesta.
   —Por aquí —dijo él y ella siguió su voz.
   Se encontraba junto a la caja abierta con el papiro en la mano. Las letras estaban grabadas allí y no parecía que fueran a desaparecer en breve. Él las leía con avidez, tanto que no vio los ojos que se habían encendido a su izquierda.
   —¡Cuidado! —gritó ella, si bien no con la suficiente rapidez.
  Unas garras se clavaron en el cuello de él y ahogaron el grito antes de que intentara salir. Ella sintió que otra le agarraba la muñeca. Y gritó. Y se agitó con fuerza.
   —No, no. Ven conmigo —dijo una voz y ella se calmó al notar que era humana.
   Era otro de los estudiantes, tenía sangre en la cara y el pecho, y parte de la ropa en jirones.
   —Tenemos que salir de aquí.
   La niebla se llenó de ojos.
   —¿Qué sucedió? —preguntó ella mientras lo seguía con cautela.
   —Son los demonios —él sacudió la cabeza—. El hechizo se mantuvo activo excesivo tiempo, todavía no se detiene y no sé por qué. De todas formas, ahora ya es demasiado tarde, tenemos que salir, sellar la biblioteca y encontrar la forma de contenerlos. —Suspiró. —Con suerte, será solo el nacimiento de otra de las secciones prohibidas de la biblioteca.
   Ella miró hacia atrás pero ya no se veía el papiro, ni la caja mesa, ni la mesa. Ella se mordió el labio.
   Él se detuvo de golpe.
   —¿Qué sucede?
   —La puerta está cerrada.
   —¡No puede ser! —ella lo empujó a un lado para pasar—. Si recién entré.
   —Ya lo descubrieron —murmuró él—. Van a tratar de detenerlo.
   —¿Con nosotros dentro? —gimió ella.
   Él se quedó inmóvil, como resignado, mientras más ojos se encendían entre la bruma. Ella no llegó a gritar esa vez.

¿Sabías que todos los cuentos tienen un título de una sola palabra? Aquí puedes ver el listado. Y sí, fue intencional.

Un ambiente lúgubre, un lugar desaparecido, una leyenda perdida. Twittea

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